Memoria, lenguaje, imagen

Redacción
Written by Redacción

Querido amigo, la belleza de la imagen que me mandaste hace surgir en mí, inevitablemente, una certeza triste; la total inexistencia del individuo contemporáneo. Basta precisamente, echar un vistazo a los daguerrotipos del XIX y a las fotos de los primeros años del XX para constatar la sobrevivencia en esas fechas, de esta categoría moderna, el individuo. Cada persona era enteramente distinta de la otra, ignorantes de que sus gestos únicos, traslucían la proyección de su subjetividad.

Pero, ay, faltaba poco para el triunfo de la gran enajenación de masas. Imagina la proporción del desastre. Imagina algo de lo que tenemos apenas un atisbo, en la contemplación del gran arte occidental del renacimiento al romanticismo; saborear con nuestros ojos posmodernos, eternamente aburridos, a las grandes personalidades de la modernidad occidental: los españoles del siglo XVI, los alemanes del XVII, los franceses del XVIII, los ingleses del XIX.

Nada avisa en la imagen de la florista de París, sobre la aniquilación del individuo que sobrevendría poco después, cuyo último retoño es sin duda, la brutal mirada del otro que padecemos nosotros, pobres esclavos de elegir nuestra mejor cara para subirla al Facebook. Cara que es una sola, repetida ad nauseam; muecas grotescas de felicidad virtual, innumerables rostros con el mismo gesto, distintas personas que quieren ser una sola, que intentan imitarse los unos a los otros y competir en el brillo de la mirada, en la perfección de la sonrisa, en la postura perfecta, en alejarse lo más posible de lo real, en una palabra, en parecer un anuncio de revista.

Ante esta avalancha de muecas monosémicas, la otredad se anula radicalmente. No hay otros, y si los hay, son el mismo. De ahí el culto contemporáneo por los zombies; descerebrados cuerpos idénticos que devoran cerebros. Frente a ello, el individuo que aparece ante los otros como tal, inconsciente de su propia otredad, es cosa ya de otros tiempos. Vale recordar aquí el famoso apotegma, “nadie es imposible” y cambiarlo, tristemente por, “hubo un tiempo en que nadie era imposible.”
¿Puede uno descifrar, por ejemplo, la expresión de la florista de la imagen que enviaste? La sola invitación a hacerlo resulta ya un deleite. Un buen observador puede proclamar allí el azoro, un asomo de vanidad, la posesión de un mundo, la posesión de un cuerpo y de un oficio, en fin, un íntimo y sutil mundo personal que nos mira con recelo desde ese ceño fruncido.

Ahora bien, ¿qué significa el gesto mismo de tomar la fotografía? Como bien sabes, cada vez cultivo más una actitud de cenobita egipcio protocristiano. Ante el fascinante tema de la imagen, en el que pienso constantemente, no me queda más remedio que aceptar que tengo una mentalidad que haría enorgullecer a los mullahs bagdalíes del siglo XI: Soy iconoclasta.

Tiene un poco más de diez años que vino a mí un pensamiento radical y extraño, que he confesado a pocos -estoy seguro que a ti, en alguna charla purificada con asomos báquicos- y que podría resumirse diciendo que la pintura y la fotografía, son el resultado de la pérdida de nuestra capacidad de ver. Esto tiene que sonar más o menos en el tono de aquella devastadora frase de Alfonso Reyes, dicha así, como si nada, donde asegura que el deterioro de la memoria dio como resultado el surgimiento de musas menores, las artes archivológicas, entre las cuales figura la escritura.

Pienso en esa estirpe perdida, que alguna vez adornó el cosmos, los memoriones. Resuenan aún los ecos de aquellos que durante generaciones recitaron versiones de la Iliada. Por supuesto, en algunos recintos bienaventurados, se puede oír todavía el sublime, “Así lo he oído”, de los sutras budistas, o la enfática recitación de las historias del profeta, que pasaron de generación en generación.
¿Qué otro universo, de qué talante, de qué sabor era aquél de la era regida por la memoria? Logos e iconos, serían entonces, resultado de un empobrecimiento del goce. ¿Por qué la capacidad abismante del Ser (sentido Heidegger), dejó de ser suficiente, dejó de bastar?

Me viene a la mente el culto a Manes. Es un recurso fácil, me da por interpretar este empobrecimiento de la manera más esquemática posible, en clave maniquea o taoísta. Una sucesión de victorias de los opuestos, unos sobre otros, que se extiende a través de los siglos. Un valle de esta inmensa gráfica bipolar, lo constituye lo que nuestra generación vive, una paradoja cruel, en donde un agigantamiento del protagonismo de la imagen ha condenado a la invisibilidad no sólo al universo mismo, sino también a 6000 millones de cuerpos. No alcanzo a intuir con claridad lo que hubiera sido un pico que contrastara con este valle, pero sospecho que ni siquiera la era de la memoria lo fue. Más bien, debió ser aquello a lo que apuntan los asombros de Bruce Chatwin, algo relacionado con el canto y con el misterio absoluto, únicamente abordable por medio de la reverencia y el éxtasis, en donde los prodigios eran algo temible y algo cotidiano. En una palabra, ese universo nómada cuyas claves apenas sospechamos. Aquí, ni siquiera el cosmos imperaba, o al menos, no lo hacía de forma absoluta, sino compartiendo el tiempo con vastas áreas de terror cotidiano, solamente conjurables con el don del hombre, el habla, y antes que el habla, el canto, ese pulso-semilla prodigioso, cada uno de ellos, (éste incluido), semilla de un futuro árbol-ser diferente.

¿Ha sido este, en resumen, nuestro periplo? ¿No ha sido nuestro andar en el mundo, más que nuestros distintos tipos de relación con la memoria, el habla y la imagen? ¿Son estos últimos los dos polos de que hablaba hace un momento? San Agustín, un titán de la era del logos denunciaba ya la preminencia del ojo. Intuía con claridad que el poder del discurso se vería minado por ese otro titán, el poder de la imagen. ¿No ha sido la imagen siempre una ilusión, un velo para todo pueblo con escritura? ¿No acaso el universo brahmánico está construido con sílabas y el mundo visible es ilusorio?

Ahora bien, la florista. Esa individual y personalísima florista, ¿es obra del logos o de raigambre icónica, imaginal? Cuando ve a la cámara ¿la habita un discurso o el deseo de aparecer? No quisiera demorarme en esto, pues creo, la respuesta es evidente: a diferencia de nosotros, a la florista todavía la habita un discurso.

Me interesa más la actitud del fotógrafo, por lo que vuelvo a preguntar, ¿qué opera en el gesto de tomar la fotografía? Hagamos una genealogía: la memoria se hace tradición, ésta deviene logos y éste a su vez, ciencia, misma que produce ingenios, uno de los cuales sirve para suspender en el tiempo una aparición cualquiera. Resultado, la fotografía de una florista. Pintura, escultura, fotografía, cine, televisión, todos ellos, heraldos de un titán polimorfo y fundamentalmente caótico, que llamaremos simplemente, ver.

No tomaré partido por ninguna de estos titanes, verbo e imagen, pues ambos son hijos del derrumbamiento de un mundo de infinitos prodigios, mucho más antiguo y fundamental, el del habla canto, el del habla memoria. Este mundo primigenio, cabe decirlo, es tan fundamental que sobrevive apenas, en una manifestación especialísima del lenguaje: la poesía.
Si este vaivén, esta oscilación entre la bestia logos y la bestia iconos es por completo fatal e incontestable, es una pregunta radical: este oscilar sería lo humano.

Si por el contrario, es posible desandar ese derrumbamiento y acceder -por virtud de un salto- a ese mundo antiguo, ese salto sólo sería posible desde la omnipresencia de la imagen llevada a su máxima tensión. Desde allí, a lo lejos, son visibles, serán visibles siempre, los dioses.

Iniciar esta reflexión preocupado por la desaparición del individuo y concluir que esto es el rumbo que hay que retomar para el advenimiento de los dioses, se me hace un discurrir interesante. No puedo concebir misión más heroica.

@Apolonio_Tiana

20131216-104236.jpg

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *