Agonía

Redacción
Written by Redacción

Se acuesta, da vueltas en la cama, la piensa. Suspira, abre los ojos. La penumbra toma la forma de ella. Concilia un sueño ligero, lo despierta su propio gemido. “Me dueles”, concluye, y vuelve a cerrar los ojos. La sueña. Son imágenes que se suceden unas a otras, se ve a sí mismo tomándola de la mano, se ve en la cama con ella, en frenético y ardoroso ritmo. La sueña entrando al castillo, sueña con sus muslos marmóreos y deliciosos. Sueña su boca. Despierta, la angustia es enorme, aprieta sus manos, hace fuerza con sus brazos, exclama un poderoso gemido de agonía. Intenta dormir de nuevo, pero no puede. Piensa en ella, piensa en el futuro, piensa en lo que piensa ella, piensa en lo que pudiera pensar ella. Piensa en que su devoción y entrega terminarán de hacer el milagro. Luego tiene dudas y piensa en una catástrofe. Piensa en su partida, en que un aciago día ella diga “No” y se vaya para siempre. Llora. Eso sería la muerte. Piensa en por qué una cosa así sería la muerte. Piensa en su ardoroso amor y concluye: “Es como si me quisiera fundir con ella”. Piensa en ese deseo, ¿por qué fundirse? Porque ese acto sería la única garantía de que ella no se fuera. ¿Y por qué no quiero que se vaya? Porque eso es equivalente al rechazo, al des-asimiento, en una palabra, a la muerte. Ese descubrimiento conjura su angustia, y le da un poco de paz. “Vivir es arriesgarse a la muerte”. Luego lo invade la confianza, piensa que tiene miedo de que ella se vaya pero que puede hacer algo para evitarlo: moverse, conquistar, enamorar, entregarse apasionadamente. Muchas cosas que hasta ahora han dado resultado. Piensa en su manera de quererla. Piensa en el destino. “La quise desde muy pronto”. ¿Qué pasó aquí? Concluye que es un misterio, un don, una vocación. Piensa en los signos, en su largo periplo de perdón a su padre por haber muerto, en su pelea y en su reconciliación con Dios, en su primera comunión. Piensa en el efecto tremendo de una alucinación que sucedió en esa iglesia: luego de tomar la hostia, da la vuelta con la mirada abajo y ve una luz en el piso. Por un momento esa luz es sobrenatural y lo impresiona. Su mente calla, se suspenden los juicios. Luego se da cuenta que no es más que el reflejo del enorme candelabro. Luego piensa que no, que ese “no es más que” es falso, sino que aquí en realidad, la luz comenzó a bañar su vida. Piensa que pocos días después, esa luz llegó a su vida con un nombre y un cuerpo, y que conocerla ha sido como renacer, o nacer por primera vez. La confianza se hace más grande.

Luego, la angustia regresa, pero ya no es la misma, consiste en quererla allí, con él, envueltos en la penumbra tibia de dos cuerpos que se necesitan. Concilia el sueño.

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