Los vagones de la esperanza

Redacción
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Ana Colio Auzeta aún no nacía cuando su padre, movido por la desesperación, el desempleo y las ganas de sacar adelante a su familia, viajó de “trampa” a los Estados Unidos, donde fue recibido por una familia que le dio refugio y comida.

Su papá Lamberto Colio Bastidas falleció cuando ella tenía 6 años, pero ese gesto de caridad que hizo aquella familia con su padre, ha seguido en la memoria de Ana, quien actualmente tiene 22 años.

“No ha sido fácil, tenemos que ser fuertes porque así como hay gente buena que nos ha apoyado, también hay gente que quiere desprestigiar, pero nos mantenemos unidos”

Ese recuerdo y el hecho de que su madre regalaba comida a todo migrante que pasaba por su casa, le motivaron a emprender su propia cruzada en mayo de este año, llevando comida y víveres a los hombres, mujeres y niños de México y Centroamérica que persiguen el “sueño americano”, y pretenden llegar a la frontera abordo de “El Diablo”.

Luego de los primeros intentos llevando tortas a los “pasajeros”, Anny decidió hacer uso de las redes sociales y a través de un grupo de Facebook comenzó a convocar a más jóvenes, conocidos y amistades a subirse a la misión, que ahora lleva por nombre El Tren de Los Sueños.

En el país hay varios grupos similares a éste, quizá el más famoso es el de Las Patronas, en Veracruz.

“No ha sido fácil, tenemos que ser fuertes porque así como hay gente buena que nos ha apoyado, también hay gente que quiere desprestigiar, pero nos mantenemos unidos. En poco tiempo nos hemos tomado cariño, nos vemos como amigos y eso también hace que estemos motivados en ayudar. Que no perdamos de vista nuestro objetivo principal, porque un vagón lleva al otro y no se deben separar”, manifesta Anny, quien también es enfermera y madre de un pequeño de 3 años.

La primera en “subirse al tren” fue Perla Torres, una joven que comenzó a reunir alimentos para hacer entregas más grandes.

En cuestión de semanas la agrupación creció y ahora son cerca de 20 personas las que conforman el “ejército de vagones”, como suelen llamarse a sí mismos los integrantes del Tren de Los Sueños, que cada martes y sábado llevan comida, agua, artículos de higiene personal, ropa y mensajes de aliento para los connacionales e indocumentados que pasan por Mazatlán en su ruta para llegar a territorio estadounidense.

“Yo soy salvadoreño y ésta es la segunda vez que voy a los Estados Unidos, me han asaltado como 50 veces en el camino y son poquitas, por eso uno llega pidiendo”

Anny y otros más de los “vagones” son enfermeros, así que además dan primeros auxilios a los migrantes que lo requieren.

Dos días a la semana se reúnen todos en el monumento conocido como “El Trenazo”, sobre la Avenida Santa Rosa, alrededor de las 18:00 horas. Allí cada uno lleva los víveres que logró reunir en la semana mediante trueques en línea, recursos propios o donaciones en especie de otras personas e instituciones.

Al conocer los horarios en que pasa el tren, entonces los “vagones” llevan las cosas a pie o en vehículo hasta las puertas de la empresa Ferromex, donde se detiene “El Diablo” justo debajo del puente que se sitúa en la Colonia Salvador Allende.

“Hoy vienen como 50 ó 60 migrantes en el tren, así que a trabajar muchachos”, se escucha una voz que arranca la tarea.

En cuestión de minutos los integrantes del grupo instalan una mesa, preparan en paquetes la comida a repartir y alistan la ropa para los viajeros.
Poco a poco los migrantes comienzan a llegar, algunos descalzos, otros con la ropa roída y la mayoría hambrientos y con sueño, pues muchos de ellos provienen de Centroamérica y debieron cruzar dos fronteras para llegar hasta acá.

“Yo soy salvadoreño y ésta es la segunda vez que voy a los Estados Unidos, me han asaltado como 50 veces en el camino y son poquitas, por eso uno llega pidiendo. Yo pasé por aquí hace 15 años atrás, y no había visto todo esto, entonces no había quién te diera algo de comer, ahora en todo el camino hemos visto gente que gracias a Dios nos echa la mano, qué bueno que todavía hay gente buena”, manifiesta Pedro Ulloa, quien hace dos semanas salió de El Salvador rumbo a Estados Unidos para reunirse con sus dos hijas, de 9 y 6 años.

Concluida la misión para Anny y su equipo conformado por electricistas, plomeros, enfermeros, padres y madres de familia, no existe mejor paga que escuchar un “gracias” de parte de los migrantes, quienes se han convertido en el motor que mueve al Tren de Los Sueños.
“Vamos a seguir hasta que Dios y nuestras fuerzas nos lo permitan”, expresan a coro.

Noroeste

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