“Con más arte, habría menos violencia”

Redacción
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Bajo una abultada barba negra y su singular melena rizada, esa misma que sacude sin parar en cuanto pisa un escenario, se esconde el violinista Ara Malikian, quien, durante su primera visita a Argentina, asegura que si el arte fuera más accesible, “habría mucha menos violencia” en el mundo.

“No sólo la música: el arte, la cultura, la necesitamos en toda la sociedad porque nos hace seres sensibles y nos enseña a respetar otros puntos de vista”. Además, “una persona que ha tenido acceso a estas bellezas, no creo que tenga ganas de hacer daño a los demás”, afirma.

Por eso, el músico de ascendencia armenia y origen libanés está convencido de que “si hubiéramos tenido más arte y más cultura en nuestra sociedad, habría mucha menos violencia, menos guerras, menos crímenes”.

Malikian ha viajado a Buenos Aires para promocionar el concierto que realizará en junio del próximo año en el emblemático teatro Gran Rex de la ciudad.

Según cuenta, supondrá su presentación oficial en el país sudamericano y consistirá en un viaje musical y personal con el que recorrerá diferentes culturas, países y épocas, así como todo tipo de estilos de música, desde el clásico Bach, pasando por el flamenco de Paco de Lucía o el rock de Led Zeppelin, hasta llegar a las rarezas de David Bowie y Radiohead.

Todo ello bajo el título 15 Sinfónico, una gira con la que continúa la celebración de sus 15 años viviendo en España que arrancó con su disco 15, grabado en el Teatro Real de Madrid en 2015 junto a varios artistas y amigos, como Los Secretos y Rafael Amargo.

Hijo de un violinista, Malikian nació en Beirut en 1968 prácticamente con el instrumento en la mano. “Siempre ha sido parte de mi vida”, asegura antes de admitir que ni recuerda cuándo comenzó a tocar las cuatro cuerdas.

De hecho, todo fue tan rápido que no tuvo tiempo para plantearse si quería hacer otra cosa. A los 12 años dio su primer concierto y a los 15, mientras el Líbano estaba inmerso en una guerra civil “larguísima”, solicitó becas en varios países y finalmente pudo marcharse a Alemania a estudiar.

“Era muy difícil salir del país y conseguir visados por el bloqueo que había por la guerra. Todos los libaneses queríamos salvarnos, y yo, gracias a la música, pude” hacerlo, señala.

Al haber sufrido en primera persona lo que significa abandonar tu hogar empujado por el conflicto para construir una nueva vida, se muestra muy crítico con la actitud que han tomado los Gobiernos de todo el mundo ante la crisis de refugiados que sacude a Europa.

“Por una razón que no entiendo, no están en la labor de ayudar a los refugiados. Al revés: les hacen la vida más difícil cuando están a las puertas de Europa y de encontrar la solución, en vez de cuidarlos y entenderlos”, denuncia.

En su caso, asegura no sentirse “de ningún sitio”. Y tampoco quiere hacerlo. “Estoy muy a gusto en Madrid pero mi casa no es la tierra. Me siento apegado a la música, a mis seres queridos, a lo que hago, pero esto lo puedo hacer en cualquier lugar del mundo”.

Cuando se sube a un escenario, Malikian abandona la serenidad con la que habla y comienza a brincar, correr y arrastrarse por el suelo mientras agita su larga melena de rizos negros.

Esta energía tan particular e inimitable la transmite también a través de su violín, con el que se arriesga y experimenta en cada actuación para romper esa faceta clásica con la que se suele asociar -en su opinión, equivocadamente- a dicho instrumento.

“Intento tocar todo lo que me emociona y me emocionan muchas cosas. A veces no me funciona o me cuesta más, pero es lo que a mí hoy en día me enriquece”, señala.

Además, no teme la reacción del público porque le es fácil transmitir esa pasión y sabe que “cuando te entregas con cuerpo, alma y corazón, no puede fallar”.

Sin embargo, admite que hay un sector que se le resistió durante una temporada: los niños. “Es el público más intransigente, más sincero y mas difícil, porque si no les gusta, te lo dicen en tu cara. Y eso es maravilloso”, agrega.

Malikian critica que hoy en día se actúa para ellos “pensando que son tontos”, cuando es al revés: “Son tan listos, con tan buen gusto, que he aprendido que hay que cuidar 10 veces más un concierto para niños que para los adultos”.

Este tipo de experiencias ayudan al músico de 48 años a continuar creciendo como artista y a consolidar cada vez más su convencimiento de que nació para ser violinista. “Yo no sé hacer nada más que tocar el violín. Hacía todo mal. Menos mal que he sido violinista, porque si no, no sé qué hubiera hecho”, afirma entre risas.

 

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