A la memoria de Don Pedro Tamayo.
Su entereza y fortaleza ante los avatares de la vida
son ejemplo de respeto de nuestro aquí y nuestro ahora.

Recuperar el valor de la honestidad como pauta de comportamiento frente a la acometida de la corrupción – en México – debe ser el primer paso para esbozar alternativas disuasivas (quizás no tan creativas y originales, sino convencionales) frente a una pandemia que parece incurable ante soluciones carentes de voluntad para generar instituciones autónomas, bajo un armazón normativo más sólido y creíble.

Como sabemos, la corrupción es una de las principales fuentes de descontento social. Es un factor que incentiva la violencia y, sobre todo acentúa más la desigualdad, en un país en el que cerca de 7 millones de personas sufren la desesperanza y el abandono, de los cuales el 40% vive en localidades aisladas con carencias de servicios básicos como la salud, datos que muestra el más reciente diagnóstico de Conapo.

Sabemos también que la vía electoral como justificación de la alternancia no ha funcionado para castigar los malos gobiernos, sirviendo sólo de fachada para una democracia simulada controlada por la colusión de los partidos políticos. Hasta ahora, los gobiernos de Nuevo León, Veracruz, Quintana Roo y Tamaulipas han fracasado en mostrar gobiernos aseados con resultados tangibles para la sociedad.

Y aunque la sanción pública de rechazo también se viraliza cada vez más, lamentablemente sólo hemos pasado de una esquiva aplicación de la ley a la mofa colectiva, lo que nos habla de una profunda crisis de consciencia colectiva y una contradictoria cotidianidad del ejercicio ciudadano de discernir sobre los asuntos públicos, en donde por un lado exigimos vías institucionales capaces de sancionar a los corruptos y por la otra somos cómplices silenciosos del antisistema.

Por conformismo o por desinterés, se estima que el 70% de los mexicanos están de acuerdo en permitir la corrupción, mientras que un tercio de la población no manifiesta interés por los asuntos públicos. En suma los costos de la corrupción son altos, para el año 2015 se estimó un gasto en actos de corrupción de 6 mil 418 millones, lo que equivale al monto de 2 mil 799 pesos por persona afectada de acuerdo al estudio “Anatomía de la Corrupción”, lo que consiste al final en un impuesto regresivo sumamente infame para el país, considerando que la Auditoria Superior de la Federación calculara 86 mil millones de pesos utilizados en desvíos, subejercicios, despilfarros y pagos indebidos, cifra inferior al presupuesto destinado al Seguro Popular para el Ejercicio 2017, presupuestado en 75mil mdp, y que constituye cerca del 50% del Gasto en el rubro de Salud, solo para dimensionar la complejidad del problema.

En consecuencia, el flagelo de la corrupción se ha convertido en la pandemia del siglo XXI, al grado de ser la nota de cabecera del nuevos tribunales mediáticos y la prensa de queroseno.

Luego entonces ¿Cómo lograr encausar una cruzada ética y moral en contra la corrupción?

Desde está óptica, estimando que el problema es visto siempre desde un punto de vista multifactorial primordialmente institucional, estimo conveniente propiciar un análisis disruptivo teniendo como punto de partida un aspecto quizás más etéreo, la propia naturaleza humana, siempre propensa al egoísmo y, que para el caso de la corrupción, sus actitudes y comportamiento se retroalimentan de una suerte histórica de ambición al poder frente a la complacencia y la indiferencia social, aspectos en los que la educación y la formación son claves en el cambio de carácter de los mexicanos para construir mayor tejidos social.

Valores que predeterminan una ecuación que podemos resumir de la siguiente manera: [A^ + Pb / Dg= –DE) Autoridades con afán de poder y riqueza (A) más propensión individual para obtener prebendas o beneficios (Pb) en fraude a la Ley, sobrepuesta en una escena de desconfianza generalizada (DG) en las instituciones, cuya única y nefasta consecuencia es la acometida de una corrupción complaciente y cotidiana, la “corrupción al menudeo” que nos impide crecer en términos económicos con bien lo ha referido Isaac Katz .

Veamos ahora ¿por qué? El gobierno no existiría de no ser por la precondición de encausar y contener a la acción humana en el ejercicio del poder, tesis fundamental que constituye lo que denomino “ADN de la corrupción”. Ello es así, por que frente a los valores esenciales que debieran primar en toda sociedad – la bondad y la justicia, entre otros – prevalece la indiferencia y la idea de algunos (los muchos) por esquivar sus acciones del escrutinio público y legal, provocando arbitrariedad, autoritarismo y descaro en el ejercicio del poder, en contradicción a las prácticas ejemplares de integridad del buen gobierno que nutran la democracia, la libertad, la equidad, la transparencia y la limitación del poder por contrapesos institucionales.

Es ahí en donde la dinámica social exige acciones ya no sólo gubernamentales sino encausadas por la sociedad civil para provocar una auténtica renovación de valores que encamine una acción colectiva en las calles, en las aulas y en los centros de trabajo para de una vez por todas acabar con la cultura de la comodidad.

Nadie dijo que sería fácil emprender una carrera contra la corrupción, pero estimo que es tiempo de la sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales y la iniciativa privada por hacer eco y recuperar en las calles el valor de la honestidad para luego contagiar a más en la necesidad de generar marcos de integridad individual.

Sólo así daremos pasos seguros contra la corrupción.

Gabriel Torreblanca Flores

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