Mientras padecía un infierno de ultrajes, violaciones, golpes y explotación sexual, Pamela Muñoz Ruíz no imaginaba que iba a poder sobrevivir y, algunos años después, su historia sacudiría al corazón mismo del Vaticano.

Así fue, a sus 29 años, está muchacha originaria de Puebla viajó en avión por primera vez para asistir a dos coloquios internacionales convocados por la Pontificia Academia para las Ciencias Sociales sobre tráfico de personas en la Casina Pío IV, un histórico edificio ubicado dentro de los Jardines Vaticanos.

“No me lo creo todavía, siento que estoy soñando todo esto desde que subí al avión. Es algo inimaginable, estar cerca del Papa y de toda esta gente que está comprometida con abolir la esclavitud moderna”, contó Pamela, en entrevista con Notimex.

“Es emocionante ver que sí están haciendo algo, realmente quieren hacer la diferencia, que haya más supervivientes, que nos ayuden a restaurar todo lo que nos fue quitado, todos nuestros sueños, porque nos hacen creen que no valemos y que tu vida va a ser esa hasta que te maten de un golpe o ya no les sirvas”, agregó.

Con esas palabras se refirió a su experiencia en el encuentro “Asistiendo a las víctimas de tráfico humano. Mejores prácticas para la reinserción, la asistencia legal y la compensación” y en la Cumbre de Juezas y Procuradoras sobre trata y crimen organizado, en los cuales participó en las últimas dos semanas.

Es más, a ella le tocó brindar su testimonio en ambas reuniones, que congregaron a algunos de los más importantes especialistas y juristas del mundo en la materia.

“¿Sabes? Sólo el 2 por ciento de las víctimas sobreviven. Si no me rescataban o acababa muerta, hubiese terminado en Nueva York”, reflexionó Pamela al repasar su cautiverio.

Han pasado más de siete años desde aquel 7 de mayo de 2012 cuando la policía de la Ciudad de México logró arrancarla de las garras de su tratante, tras cinco años de cautiverio en tres diversos estados del país. Su infierno comenzó en Puebla, cuando tenía 19.

El divorcio de sus padres la llevó a dejar la preparatoria y a trabajar en una tienda de 24 horas. Aunque ayudaba con el gasto, sentía que su familia no la quería, ni siquiera le festejaba sus cumpleaños. Entonces conoció un chico y se puso de novia.

La trataba tan bien que pensó: “Él sí me quiere, me está dando todo lo que mi familia no me dio”. Tras constantes conflictos, su madre la echó de la casa y ella decidió mudarse con el muchacho. Ahí comenzaron sus problemas. Él la controlaba obsesivamente, la tenía casi secuestrada en su casa de Tenancingo, ella sólo podía ver al piso y comenzaron los golpes.

El hombre le compró ropa provocativa y le anunció que se iba a dedicar a la prostitución.

Cuando ella se negó, le dio una golpiza y amenazó con asesinar a su familia, ella cedió. Entonces la llevó a una casona ubicada en el centro de Puebla. El primer día estuvo con 30 hombres.

Al terminar la jornada, él la felicitó: “Lograste la cuenta”, le explicó. “Me sentía súper sucia y por más que me bañaba no se iba. Me acosté toda dolorida, ya no era nada, era una basura”, relató Pamela.

Describió un sutil sistema de tortura psicológica.

Aseguró que, como ella, la mayoría de las mujeres que ejercen en esos burdeles del centro poblano lo hacen contra su voluntad.

“Todas están vigiladas”, afirmó.

Por allí desfilaban hombres de todo tipo, “iban los médicos, policías, todos a tener los servicios, no sé si algún político”, describió.

A cada uno le ofrecían 15 minutos, pero a ella la obligaban a terminar en cinco, porque si tardaba más “no era porque me gustaba el servicio”. “Si me tardaba un minuto más eran golpes, si miraba para otro lado eran golpes, si no cubría la cuota eran golpes.

Durante esos tres años tuve tres abortos, por los golpes que me dio”, lamentó. Perdió la esperanza cuando le pidió a un policía ayuda de rodillas y él le contestó: “Yo vine aquí por tus servicios, no para escuchar tu historia”. Esa misma noche el tratante la pateó, le jaló el cabello, la arrastró por el piso, en represalia.

En los hospitales, cuando llegaba maltrecha, ni los médicos ni las enfermeras le preguntaban a ella por los motivos de tamañas heridas. Siempre lo cuestionaban a él, la curaban y la dejaban ir. “Nadie me ayudaba. Me sentía como esclava, aunque no estaba en una jaula”.

“No se dan cuenta que no es una vida fácil. Te pueden hasta matar los mismos clientes, si no les gusta tu servicio te matan. Conocí a muchas que las mataron en el cuarto de su hotel, porque estaban drogados. Uno casi me ahorca hasta matarme”, abundó.

Tras ser rescatada gracias a una denuncia anónima, tuvo que pasar nuevas penurias. Hasta que fue enviada a la Fundación Camino a Casa. Sólo ahí se sintió realmente querida y empezó una dura lucha por recuperar su vida. Meses después pudo ver de nuevo a su familia. En lugar de acogerla, sus padres y su hermana la culparon de su desgracia.

Habían tenido que vender todo y dejar Puebla, por las constantes amenazas recibidas de la familia del tratante. Nunca más los volvió a ver.

Su voz se quebró y sus ojos se volvieron llorosos, al pensar en cuál fue el momento más difícil de todo el proceso. Tras una pausa de dolor, replicó: “Saber que no era una basura, recobrar el amor por mí”.

Y añadió: “Esta persona me decía que yo no valía nada, que nadie me iba a querer por todo lo que pasé y la verdad yo me sentía una basura”.

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