Hace unos años un viejo amigo periodista mexicano me encomendó una “misión imposible”: entregarle una invitación al “antipoeta” chileno Nicanor Parra para que viajara a Chiapas al Festival Internacional Jaime Sabines.

Parra, quien murió este lunes a los 103 años de edad, estaba desde hace varios años “recluido” en su casa con vista al Océano Pacífico y, aunque recibía en forma constante varias visitas, no era seguro que abriera la puerta para recibir a un extraño.

Con los documentos en mano que acreditaban la invitación a México con todos los gastos pagados, llegué hace unos años a este balneario distante 114 kilómetros de Santiago, donde se refugiaba Parra, para intentar cumplir con la misión encomendada desde Chiapas.

La casa del antipoeta

La casa del “antipoeta” se ubica en la ladera de un cerro y a ella se accede por Lincoln, una tranquila calle sin pavimentar donde en su mayoría se ubican casas de verano.

Un Volkswagen escarabajo gris indica que es muy factible que Parra se encuentre en su casa, por lo que sólo basta cruzar una pequeña puerta blanca de madera que siempre permanece junta para acceder a la casa, la cual luce un grafiti pintado con un spray negro: “anti poesía”.

Golpeo la puerta confiado en que la suerte me acompañará y que el “antipoeta”, primer ganador del Premio Juan Rulfo en 1991, recibirá la invitación impresa que llevo en mis manos para visitar Chiapas y participar en el Festival Internacional Jaime Sabines.

Los segundos parecen eternos junto al pórtico de piedra. No se escucha vida al interior de la casa, sólo el sonido constante del mar a lo lejos y una leve brisa que mece los árboles del jardín de la casa de Parra, donde vive junto a Rosa Avendaño, su fiel empleada y guardiana de la tranquilidad de su patrón.

Finalmente se escuchan algunos pasos lentos y es el propio Parra quien abre la puerta, pero sólo lo suficiente para saber quién es el desconocido que está al otro lado y preguntar con su característica voz ronca “¿qué se le ofrece?”

Traigo una carta desde México

Sin abrir un centímetro más la puerta, le digo mi nombre y le informo que soy portador de una carta que le envían desde México y que tengo el especial encargo de entregársela en sus manos, sin intermediarios.

No muy convencido aún respecto si debe abrir la puerta y dialogar con este extraño, Parra accede y me permite pasar a su refugio, aquel del cual sale muy extrañamente y que en sus primeros metros tiene varias antigüedades.

Me conduce a la terraza de madera de la casa y me pregunta por la invitación a Chiapas. Reflexiona unos minutos apoyado en la baranda, mirando la majestuosidad de un imponente Océano Pacífico y, quizás, meditando una respuesta a la carta mexicana.

Estoy muy viejo para viajar

“Dígales que estoy muy viejo para viajar en aviones y que además cobro 100 mil dólares como (el ex presidente estadunidense William) Clinton”, me dice con una sonrisa.

Luego recuerda que “esta casa se la debo a México”, ya que la compró con el suculento premio que recibió en 1991 por obtener el Juan Rulfo, y a continuación me pregunta sobre mi actividad profesional.

Incapaz de mentirle a tamaña figura de las letras chilenas, no me queda más remedio que decir que trabajo para un medio de comunicación, sin ni siquiera mencionar la palabra “periodista”.

Conocida la resistencia de Parra hacia los periodistas, el “antipoeta” regresa rápidamente a la casa, camina por el living y me dice, sin dejar de caminar, que “se acabó esta visita”.

Le pregunto respecto a cuándo se podría repetir, para insistir en la invitación a Chiapas, pero sólo responde, sin dejar de caminar, que será “en un futuro indeterminado”.

En pocos segundos ya está en la puerta de la casa y en otros tantos en la reja de madera externa de su hogar esperando mi salida. “Yo no converso con periodistas”, me explica el centenario “antipoeta”.

“Pero yo no vine como periodista, vine como mensajero”, le explico en un intento por alargar la conversación.

La estrategia da resultado y dialogamos unos minutos más en la puerta de su refugio acerca del sur de Chile, del origen de mi apellido (Wright), de mi familia y de la sureña ciudad de Mulchén. Incluso, accede a anotar mi teléfono para concretar una segunda visita en un “futuro indeterminado” y cuando él lo estime conveniente.

Mis datos quedan anotados en el sobre con la invitación a Chiapas junto con la explicación del origen de Mulchén y de los mulches, papel que quedará guardado en algún lugar de su casa.

Demás está decir que esperé por largos años esa llamada de Parra, aunque tuve más suerte que un canal de televisión local que lo sorprendió una tarde en el antejardín de su hogar tomando sol y que, ante la posibilidad de una entrevista, les dijo que ningún problema y que volvía de inmediato. Nunca más regresó.

Consuelo de pocos, al menos me atendió unos minutos, suficientes para grabarlos en mi memoria y divulgarlos nuevamente el día de su muerte junto con su poema Últimas instrucciones, el que este lunes cobra real sentido:

Terminado el velorio

quedan en LiberTad de acciOn

ríanse -lloren- hagan lo que quieran

eso sí que cuando choquen con una pizarra,

guarden un mínimo de compostura:

en ese hueco negro vivo yo.

Por Julio Wright

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