“Quiero dedicar este concierto a los desaparecidos y caídos por el narcotráfico”

Redacción
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Roger Waters levantó un muro llenó de sueños e ilusiones del cual fueron parte más de 50 mil fanáticos que se reunieron en la fantástica caja del Autódromo Hermanos Rodríguez, donde la música construyó una nueva dimensión.

Por más de 120 minutos la Urbe de Hierro se convirtió en un corazón pacífico, en contra de la guerra, las injusticias y la crueldad del ser humano, todo encabezado por el ex integrante de Pink Floyd, quien, con el puño al aire, lanzó un certero mensaje a las autoridades mundiales.

“The Wall Live” demostró el poder que tiene la música para hacer que la mente deje el cuerpo y materialice todas esas ilusiones que el hombre anhela: derribar las barreras, los obstáculos y los baches que impiden la armonía y la felicidad.

A las 21:15 horas el tiempo obligó a la capital a suprimir de la realidad el Foro Sol, que se apagó y se centró en las imágenes plasmadas sobre los más de 400 ladrillos de la legendaria pared del disco lanzado en 1979.

El escenario comenzó a poblarse con ocho personas que cargaban el estandarte rojo de The Wall, cuya magnificencia se engrandeció con la serie de pirotecnia roja que iluminó el cielo y presentó al mítico Waters.

El músico y compositor británico de 68 años salió vestido totalmente de negro, con una chaqueta de cuero y la mirada cubierta con lentes oscuros.

A su salida, el escenario proyectó las acciones del escenario en alta definición y con ellas In the flesh?

El silencio se atormentó con el sonido de las metralletas que surcaban el cielo y cuya víctima fue un avión que salió disparado del ala derecha del recinto y se estrelló sobre el muro. El último vuelo del pájaro había sucedido.

Acto seguido los ladrillos homenajearon con fotografías a las víctimas pérdidas en conflictos bélicos, desde la Segunda Guerra Mundial con la imagen del padre de Roger, hasta la foto del hijo fallecido del poeta Javie Sicilia.

La sangre, grafittis de protesta y la leyenda Stop Wars acompañaron Thin Ice.

Uno de los momentos más esperados de la noche llegó cuando el recinto se iluminó de carmín:

Another brick in the wall part 1 y 2, hizo que las 50 mil mentes se unieran al mensaje del británico. Del cielo bajó el Profesor, una marioneta que fue señalada por el grupo de niños de los colectivos Marabunta y Barrio Activo que acompañaron el concepto.

“Me gustan los niños, por eso quiero dedicar este concierto a todos los que ya no están con nosotros: los desaparecidos y caídos por el narcotráfico, y a las mujeres y niñas de Juárez. Nos unimos a su ausencia”, dijo el músico para alzar aún más su protesta mundial.

Los latidos, las voces, la entrega y la paranoia construyeron el significado de cada ladrillo que conformaron un muro donde las balas encontraban su destino y las cámaras de vigilancia señalaban a los prófugos, que sólo eran culpables por unirse al amor proclamado por Waters.

Mother, Goodbye blue sky y la secuencia de Empty spaces, siguieron clavándose en la imaginación de los reunidos en el lugar. Lo propio hicieron Young lust, One of my turns, Another brick in the wall part 3 y Goodbye cruel world, que selló el espacio que separaba al rockero del público. El intermedio había llegado.

Durante los 20 minutos de pausa, el muro reflejó las fotografías de personas caídas en las guerras en Irak, Afganistán, Irán y hasta a los desaparecidos el 11 de Septiembre de 2001.

 

Con cada ladrillo en su lugar, sin un hueco penetrable regresó el frenesí con Hey you y Nobody home, en la cual la roca dejó su fuerte cohesión y liberó un cuarto de motel para la interpretación del mítico tema.

Para Comfortably numb, los ladrillos dibujados por los proyectores se derrumbaron y el músico británico se entregó. Sin embargo, lo mejor del show estaba por venir.

Dicen que los sueños se cumplirán cuando los cerdos vuelen y así lo hizo Waters, quien soltó un puerco volador que surcó los aires del Foro Sol con mensajes y protestas en su superficie: The show must go on, In the flesh y Run like hell.

Como toda leyenda lo mejor se dejó para el final con Waiting for the worms y Stop, que dieron cabida a un templo, una gran plancha visual en la que se realizó la tan esperada Marcha de los Martillos. Asimismo, The trial, proyectó fragmentos del filme de 1982.

Al final Outside the wall, derrumbó el muro en mil pedazos y vio a Roger decir adiós. El sueño había terminado; sin embargo, el mensaje ha quedado dentro de los corazones de 50 mil espectadores que seguirán en el trance y anhelarán un mundo mejor.

“Gracias, México”, fueron las última palabras de la leyenda del rock progresivo; “Gracias a ti”, replicaron los aplausos y gritos que retumbaron por toda la capital. Una nueva historia y un nuevo muro se ha derrumbado en el Distrito Federal.

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