Crónicas Apocalípticas: La Cueva de los Dragones.

Nuestro viaje llevaba ya casi dos años. Habíamos visitado la mayor parte de las ex repúblicas soviéticas de pronunciamiento islámico. Dejamos Pakistán al final, esperando que las condiciones políticas se normalizaran un poco. Llegamos allí después de ver los grandes budas hechos explotar por el régimen radical en Afganistán. El antiguo reino de Odiyana había aparecido en esa zona, una tierra pura en toda regla, es decir, un lugar en donde todos los seres eran budas y todos los sonidos eran mantras. Luego, vino la decadencia y el olvido, y esa antigua joya del mundo desapareció para siempre.

Entramos por la frontera sur, siempre en busca de pequeños pueblos. Habíamos encontrado ya el método idóneo para encontrar maestros sufíes, siguiendo los pasos de Gurdjieff. Siempre buscábamos un artesano; un alfarero o un herrero eran los indicados la mayoría de las veces. Seres extraordinarios, movidos e incendiados por una fe que podía verse en todos sus movimientos, en cada uno de sus gestos y en su modo de respirar.

Hacía ya más de un año, tras conocer a uno de estos hombres sobresalientes, que me había convertido al Islam, y he de decir que nunca he sido tan feliz. Toda mi vida cobró un propósito y una claridad que la hicieron llenarse de emociones y maravillas hasta un grado que nunca hubiera sospechado en toda mi vida anterior a ese punto. Siempre fui escéptico, racional, cínico incluso, pero todo había cambiado.

A esas alturas, sin embargo, estábamos ya muy cansados, añorantes de México y de comer un buen taco de carnitas o un mixiote de carnero. Pese a eso, y a muchos asuntos de tipo legal y personal que teníamos que arreglar a la brevedad, la perspectiva de un regreso casi inminente me resultaba intolerable. ¿No sería mejor quedarse allí, en uno de esos pequeños pueblos en las montañas, a pastorear cabras, y a aprender la visión directa de Dios, guiado por uno de esos maestros inconcebibles? Cada vez más mi espíritu era seducido por esa posibilidad.

Obtuvimos al fin el permiso necesario para adentrarnos con un guía, a un extenso parque nacional, lleno de tesoros arqueológicos, fauna endémica, y una vasta red de cuevas subterráneas que se intercomunicaban. También había muchos lagos muy profundos y de una claridad que espantaba. Literalmente uno podía asomarse y ver el fondo del lago a 70 o 100 metros de profundidad.

En uno de los últimos viajes en la pequeña embarcación que nos proporcionaba el guía, nos comentó que ese era un lago especial, que en el extremo oeste, en el fondo del mismo, había unas pequeñas construcciones, puestos de centinelas que guardaran una entrada. En efecto, pudimos ver el fondo del lago, bajo el sol magnífico e inclemente de las 3 de la tarde. El fondo, a 100 metros de profundidad, era de color azul turquesa, y allí, al alcance de nuestra vista, se distinguían dos pequeñas torres a los lados de una cueva cuya entrada parecía gigantesca y completamente oscura. La visión nos sobresaltó.

Por la noche inquirimos con el guía si podíamos bucear en el lago. La negativa al principio fue rotunda, pero tras un regateo en dólares, acabó cediendo. Teníamos un obstáculo, no había equipo de buceo adecuado, tan sólo un par de visores muy viejos. No nos importó, la perspectiva de poder apreciar aunque sea un poco más cerca el prodigio de esas enigmáticas construcciones, era inaplazable. Tardamos 4 horas en llegar a la orilla del lago y otras 2 al punto desde donde se veían las torres y le entrada de la cueva. El espectáculo era bellísimo, el turquesa del día anterior era aún más intenso. Al fondo, la arena rojiza contrastaba con el negro de la cueva, con el blanco de las torres y con esa intensidad azul que únicamente existe en ese sitio.

Vimos algo increíble, un viejo sadhu que era sostenido por un bastón cuya empuñadura era la cabeza de una cobra, nos hacía señas desde la orilla. Parado sobre un pequeño montículo de piedra, la visión apareció de la nada. Con su mano izquierda, nos indicaba que miráramos hacia abajo. Y vimos. En el fondo, saliendo de las dos torres a la entrada de la cueva, había otros dos sadhus viéndonos apaciblemente. Una súbita sensación de opresión me vino al estómago. Era miedo. Pensé en Dios mientras recordaba algunas historias de mi pasado como monje zen. Recordé las historias sobre el reino de los Nagas, un reino subterráneo habitado por dioses serpiente, a los que el gran sabio Nagarjuna había convertido al Budismo hacía casi dos mil años. A dicho reino tenían acceso algunos santones budistas, hinduistas y musulmanes. En efecto, uno de mis maestros sufíes de Georgia, aseguraba que su maestro había visitado esos reinos. Algunos occidentales también habían tenido acceso a esos reinos. Gurdjieff mismo sabía de su existencia. Se afirma que el pintor y místico Nicolás Roerich también había estado allí.

Y ahora nosotros estábamos viendo algo más allá de toda lógica. Había explicación para el anciano sadhu saliendo de la nada en esa región remota, pero no la había para un par de sus colegas, sumergidos a 70 metros de profundidad, custodiando la entrada de una cueva y mirándonos en silencio y apaciblemente.

Nadie tuvo el valor de sumergirse a bucear. El guía vociferaba cosas incomprensibles en una lengua por completo desconocida. Adivinamos, basados en sus gestos, que nos recriminaba por haberlo hecho llegar hasta allí y ponerlo en esa situación sobrenatural. En esas regiones remotas, mis hermanos musulmanes se cuidan mucho de las fuerzas sobrenaturales, como los genios y otros demonios. En sus ojos había miedo, furia y esa particular tonalidad que la mirada adopta cuando uno está en presencia de un milagro o de algo que no tiene nombre. Emprendimos el regreso.

En la noche tuve un sueño. El sadhu vestido con calzón rojo me daba una visita a los reinos de los Nagas. La entrada de la cueva, al principio negrísima, pronto daba paso a un reino subterráneo y completamente luminoso. Me dejaba observar de lejos una magnífica civilización y a sus habitantes. La luz provenía de joyas y piedras preciosas incrustadas en cada centímetro del lugar. A lo lejos, pude ver una montaña muy alta con un resplandor dorado en su cima. El cielo allí era más bien opaco.

Teachers recite verses from the Koran as they pray for the speedy recovery of schoolgirl Malala Yousufzai in Peshawar

@Apolonio_Tiana

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Buscamos darles voz a los diferentes actores; aquí, no se sesga el punto de vista de nadie y aspiramos a que los poblanos sean tomados en cuenta como sujetos capaces de generar sus propios criterios.


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