Carlos A. Limón

Como cada año, como cada Viernes Santo, la gente inicia el rito, la ceremonia, la conmemoración (que no festejo) de la parte medular del cristianismo: la pasión y muerte de su mesías. Jesús de Nazaret.

De los cristianos católicos.

Y aún más, de los cristianos católicos romanos.

Ese misterio de fe, según ellos, que explica el sentido de la vida, que le da a todo “buen católico” la posibilidad de la “salvación” y la vida eterna después de ésta. Claro, algo muy abstracto de visualizar para las mentes contemporáneas, llenas de materialismo seglar, de ciencia “iluminada” y politiquería “masónica”.

Desde temprano llegan los creyentes en oleadas familiares desde los cuatro puntos de la ciudad. Dirigiéndose hacia el zócalo, hacia la catedral, comentan algunos detalles de lo que puede ser el evento, el clima o el día.

—Compra una botella de agua… luego los chamacos están que tienen sed…

—…

—… Pos’ dicen que puede llover…

—No creo, se ve que va estar nublado pero no creo que llueva…

En efecto, aunque la mayor parte del tiempo permanece nublado el clima, también por momentos asoma el sol con rabiosa intensidad, mientras la mañana cede terreno al bochorno del mediodía.

Y se siente el calor, el humano y el ambiental. La gente se arremolina en cardúmenes frente a la catedral invadiendo el zócalo y calles aledañas al atrio. Todos quieren apersonarse de un lugar cercano sino del atrio, por lo menos cerca de las aceras de las calles donde pasarán las imágenes de su devoción, el receptáculo de sus plegarias.

De su fe, de su esperanza, de su creencia ciega.

De la imagen, del “santito” milagroso —que no milagrero— que les dio salud, o trabajo, o fortuna, o una combinación de algunas. O todas. Por milagro. Por fe. No por lógica, trabajo y esfuerzo. Eso no opera en estas circunstancias. Cuando la gente cree.

Por eso las voces, las charlas, los comentarios, lo mundano cesa cuando comienzan a escucharse los acordes de la música, de las marcha solemne, casi fúnebre que acompaña a alguna de las imágenes.

Primero llega la Virgen de los Dolores del Carmen, de rancio abolengo, favorita de los poblanos “más españoles”, que por algún misterio “aún más misterioso” enlazan su origen con el de los fundadores peninsulares. O por lo menos, con los criollos esquina con Cuextlacoapan, en pleno Centro Histórico.

Después arriba la figura del Jesús de las Tres Caídas sustituyendo la del Jesús de Analco. Minutos más tarde hace su aparición la Virgen de la Soledad, del Sagrario Metropolitano, porteada por un contingente de devotas con velos negros, enlutadas.

Finalmente —pero no por eso menos importante— llegan las figuras del Jesús Nazareno (del templo de San José) y el Señor de las Maravillas (del templo de Santa Mónica), una de las imágenes más “efectivas” en Puebla, cuyo poder de intercesión se conoce allende las fronteras de este valle capitalino.

Para muchos, el espectáculo de imágenes, de bandas, de cofradías, de comitivas, de autoridades eclesiásticas y seculares es una muestra de la fuerte tradición que aún mantiene la ciudad de Puebla.

De una procesión de Viernes Santo enraizada en lo más profundo del periodo colonial de México, incluso para promoverla como “turismo religioso”. Una procesión a caballo entre las manifestaciones “a la española” y las del fervor popular, pero sin caer en las exageraciones de los penitentes de “baja estofa” que se colocan grilletes, espinas, se golpean con cilicios o visten ropas sofocantes, bastas, que causan asfixia, deshidratación, amén de la incomodidad, del dolor físico “agregado” confundiendo la tortura vil con la expiación y la manda. Ni en las representaciones “bien populares” de las pasión y muerte de su salvador, en un recordatorio que en algunas partes raya en un show sadomasoquista.

La Procesión del Viernes Santo está en el punto medio entre lo moderno y lo tradicional, entre lo contemporáneo y lo arcaico, entre fe y ciencia, entre milagro y hechos causales. Entre la “mochez” más recalcitrante y el “sibaritismo” más romano —pero no católico ni apostólico—, entre las buenas y no tan buenas conciencias, las buenas y no tan buenas costumbres.

Entre la Puebla de los contrastes.

En la Puebla de la asepsia y las miasmas. Las del cuerpo, de la mente y del espíritu.

La de las iglesias y las universidades.

La de la política y la religión.

La Puebla de los camotes y la Puebla de las sotanas.

La Puebla de las ilusiones.

La Puebla de las falsas dicotomías.

Y así, como esa Puebla, a la mitad del día —partiendo por primera vez el evento— el arzobispo Víctor Sánchez Espinosa realiza la primera reflexión, llama a mantener el amor como fórmula para enfrentar todos los obstáculos, además asegura que éste —el amor— es más poderoso que el pecado, el mal y la muerte.

La gente escucha. Algunos aguardan con la cabeza gacha, otros rezan para sus adentros.

La mayoría asiente y comulga con las palabras.

Sin embargo, algunos niños se revuelven inquietos en sus lugares por cansancio, por fastidio, por un ritual que no entienden bien a bien, por el bochorno del mediodía. Por lo que sea. Y reciben a cambio una sacudida, una amonestación, un “shhh, pinche chamaco, estate quieto”, una explicación apresurada o, cuando mucho, una botella de agua aún fría.

“Híjole, dicen que en el Calvario está, pero a reventar…”

“¿Y cómo le vamos a hacer…?”

“Pos’ no sé, igual y mejor comemos, luego vamos…”

“Pos’ sí, ¿no?”

“Pos’ igual sí…”

Pero el mundo sigue la marcha.

Y al fin, al igual que el mundo, la comitiva inicia la verdadera procesión hacia el Paseo Bravo, hacia la “Villita”, hacia esa iglesia de Guadalupe tan socorrida por la Iglesia cuando quiere acercarse al pueblo llano. Caminan por un trayecto trazado de antemano, primero a contraflujo por la 4 Oriente-Poniente hasta llegar al templo de Reforma y 11 Norte. Encabezados por unos jóvenes (vestidos como frailes con su sayal café oscuro, el emblemático cordón de tres nudos y huaraches finos) que llevan al frente la cruz guía, le sigue una nutrida —y nutricia también— comitiva de niños vestidos de ángeles, de acólitos, de “Verónicas”. De músicos de “banda de pueblo”, tamborileros, “matraqueros” y músicos de viento. De cofrades con las variopintas vestimentas que denotan tanto origen como rangos. De organizadores, eclesiásticos y seglares. Eso sí, todos cumplen el recorrido, como símil del que hiciera Jesús antes de ser crucificado.

Entre la música y los cánticos, las figuras avanzan cargadas por los porteadores; avanzan lentas. Deteniéndose en algún tramo por momentos, vuelven a desplazarse de nueva cuenta. Lo que, de cierta manera, es una forma de expiación, de pagar las culpas, de cumplir las mandas.

Aunque a ciencia cierta sería difícil decir si asistieron 20 mil, 70 mil, cien mil o 120 mil personas, lo cierto es que las aceras por donde pasa la comitiva lucen repletas de gente, por lo que hablar de cantidades exactas sería absurdo.

Pero a un costado de la iglesia de Guadalupe, en un templete acondicionado para tal fin, de nueva cuenta el arzobispo emite la segunda reflexión ante la congregación silenciosa mientras los organizadores y cófrades continúan activos manteniendo el orden y preparando el regreso hacia la catedral, ahora sí con el flujo, por avenida Reforma, completando el recorrido mientras desandan pasos de manera simultánea. El camino se invierte.

Primero llegan las autoridades religiosas y los organizadores, después las imágenes con sus comitivas, llenándose de nueva cuenta el atrio de la catedral metropolitana con el espectáculo de colores, de olores, de sonidos. De sensaciones varias, algunas sacras otras no tanto.

Pero ya en el templete del atrio, bajo el Cristo de la Expiación —del templo del Carmen— y con un retablo elaborado en tejido de cucharilla por artesanos del municipio de Atempan, el arzobispo auxiliar Lira Rugarcía entona la “Oración de la Coronilla” que a esas horas del mediodía suena francamente barroca y algo aburrida para los menos creyentes; posteriormente, como conclusión climática, el arzobispo Sánchez Espinosa realiza la tercera reflexión otorgando la indulgencia plenaria.

Luego, poco a poco, regresan las imágenes a sus templos entre el olor a incienso, el ruido de las matracas, así como la música.

… mira, allá está el arqueólogo Eduardo Merlo… voy a subir a saludarlo… es un gran amigo… —exclama ufana una mujer aparentemente a sus hijos.

Porque sí, en efecto, aunque la procesión pretende ser un evento para todos también mantiene sus distinciones, sus rangos, sus clases. Que no disimula esa Puebla escindida entre los que mandan y los que obedecen, entre los que son servidos y los que sirven. Entre los que planean, los que dirigen y los que son mano de obra.

Porque no es lo mismo el “españolísimamente” rancio barrio de El Carmen que el “indígenamente” popular barrio de Analco, al “otro lado” del río San Francisco, fuera del trazado original de la “Jerusalén en América”, de la Civitas Dei que los más recalcitrantes, los más ortodoxos quieren ver en la ciudad de Puebla.

Con sus “franciscanos” que calzan huaraches Hush Puppies, Flexi o Emyco, con sus “monaguillos” de mezclilla fina y tenis Nike, con sus “angelitas” rubias, púberes, menos etéreas, más “terrenales”. Con esos buenos católicos que asisten a buenos colegios, que estudiarán en buenas universidades y, seguramente, obtendrán buenos empleos, quizá los mejores.

Pueden todos ir en paz.

La procesión ha terminado.

Jesús ha muerto.

Pero resucitará al tercer día, para proteger a todos por igual.

A los que tienen y a los que no.

A ricos y pobres.

En esta comparsa llamada vida.

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