[dropcap]E[/dropcap]n Londres viví sucesivamente con tres personas: una actriz -la mujer más deliciosa que he conocido-, un stripper australiano, capaz de llevarse a la cama en tiempo récord, literalmente a cualquier mujer. Nunca vi a una que se le rehusara. Al final creo que el hombre terminó enamorado de mí. Cuando me fui de Londres, de madrugada y en la estación casi vacía, de repente lo vi llegar corriendo, descalzo y con lágrimas en los ojos, suplicándome que no me fuera, que era su único amigo. Era un bruto, un bárbaro. Una vez me invitó a cenar a un restaurante muy elegante, y se nos unió su hermano, otro bruto de concurso. Antes del postre hicieron una apuesta: Intentarían meterse toda la comida posible en una mano cerrada, ayudados por un dedo de la otra mano, y quien fuera capaz de meter mayor cantidad de tomate, carne y huesos de aceituna, ganaba. Cosas así y aún peores se veían.
Me dijo muchas veces que no entendía cómo es que alguien podía dedicarse a la filosofía, pues soy profesor de filosofía. Su lema era «no love, no love, only sex, only sex». Pero claro está, estos brutos típicos son los que lloran en sueños por una mujer que los abandonó, y después de mucho convivir, me contó que una mujer escultural le había roto el corazón y se había puesto a vivir con un levantador de pesas. Cuando me iba me dijo que ahora entendía que la filosofía sí servía para algo: para ser feliz. Y se quedó callado y yo también, pues era la mejor definición de filosofía que alguien puede esbozar. Y esto así ha sido siempre, aunque los alemanes discrepen siempre y con rigor.
La tercera persona con la que viví fue una francesa que me rompió el corazón.

Soy un tipo aburrido, de eso no hay duda, pero me siento orgulloso del hombre, de todos los hombres y mujeres del mundo, de toda la humanidad; como si yo los hubiera hecho, como si los hubieran hecho para mi, como si fueran una sorpresa, un regalo que dejaron en mi puerta una noche cualquiera, como si todos fueran míos o como si yo fuera de ellos. Como si todos fuéramos a morir de manera heroica al mismo tiempo.
Me gusta sentarme por las mañanas en cualquier terraza de Madrid, a beber una infusión de poleo menta con leche y mirar a la gente, pero en silencio, mirarlas pero sin hablar, y a veces sin pensar. Y miro en ellas aquello que una vez leí en una frase, sin duda la frase más llena de sabiduría que alguien haya dicho o escrito jamás. Sabiduría grandísima, incomprensible, vertiginosa: Los ojos son horizontales, la nariz es vertical. 
Y todo este tiempo he querido volverme loco. Durante años me rehusaba a ello, pero cuando lo vi con claridad, fue cuestión de meses el convencerme de que ello no significaba en realidad nada especial, sólo la expresión verdadera de mi mismo, del mismo modo en que la mayoría de la gente decide volverse médicos o carpinteros. Todo se aclaró definitivamente cuando me enamoré de un escritor muerto y comencé a escribirle cartas y poemas. Allí todo cobró sentido. Allí supe que esas cartas llevaban dentro todo el amor de un hombre infinitamente solo. Pero estar infinitamente solo no es lo mismo que sentirse infinitamente solo. Mi caso es el primero y es una soledad como una pampa, en donde todo es infinito y en donde nunca dejan de pasar cosas de todo tipo. Mi soledad es la misma que la eternidad de otros.

Por eso sueño con tortugas, tortugas que devoro, tortugas pequeñas y del tamaño de una mano extendida, que a veces pongo a salvo en un estanque sin peces, para que no se las coman, pero que la mayoría de las veces, yo mismo devoro con cierto asco, con cierta culpa. La mayor parte de las veces las tortugas están vivas, se mueven de dolor cuando les arranco con los dientes un pedazo de pata, o cuando les arranco con la mano el caparazón y las dejo en carne viva, palpitante y verde. En eso cierro los ojos y las muerdo generosamente. Lo que más asco me da es cuando debo comerme su cabeza, su pequeña cabeza aún consciente y con sus ojillos semicerrados en lo que supongo es la expresión tortuguil de un dolor atroz y fatal. Generalmente en ese momento despierto, o si no despierto al menos no recuerdo más. A veces simplemente paso a otro sueño.

Una vez sin embargo, soñé algo distinto, esta vez mi dieta no consistía de tortugas, sino de carne humana. Yo llegaba a una casa en una colonia pobre. Sabía que la casa no era mía así que entré sigilosamente, como si fuera un ladrón, pero sabiendo al mismo tiempo que si era descubierto sería bienvenido. Me asomé a un cuarto y vi a una mujer que era una especie de bruja, alguien malo, y en ese cuarto tenía colgado de un madero a un hombre desnudo que tenia la impresión de haber sido secuestrado y torturado toda la noche. La mujer estaba vestida elegantemente. La visión me angustió. Lo siguiente que recuerdo del sueño es estar enfrente de un gran perol hirviente, con grandes pedazos de carne maciza en su interior. Metí la mano y saqué y devoré un gran trozo de carne humana. Yo sabía que se trataba del hombre que había visto anteriormente. La bruja lo había cortado en trozos generosos, como si se tratara de grandes jamones o piernas de puerco. Me sabía bien, aunque me angustiaba un poco que no me fuera a hacer bien la digestión. Cuando me iba vi a un hombre junto a la señora-bruja, era un hombre delgado y parecía ser su marido. Una familia normal. Afuera me esperaba un mundo acusador, ignorante de todo, pero que podría enterarse de aquello, y hacerme algo malo.

Desde entonces vivo solo.

@Apolonio_Tiana