En plena efervescencia electoral ¿los políticos hacen la diferencia?

Manuel Alcantara sostiene que sí, si una sociedad cuenta con buenos políticos, esa sociedad será mejor, pero qué pasa cuando el común denominador de los ciudadanos percibe a los políticos como ineptos y corruptos, cuando la normalización del oportunismo se vuelve el motivo de lucha por el poder.

Frente a este escenario, los poblanos -y me atrevería a decir “los mexicanos” en otra arena- debatimos el presente y nuestro futuro, con poco ánimo más que entusiasmo, dado que honestamente esperamos poco de los políticos y sus camarillas, salvo poquísimas excepciones; más aún, de su pobre oferta electoral para transformar a Puebla con recetas de buenas intenciones que hasta ahora sólo han dejado ver lo más vil de las personas, la ambición y la ocasión.

La justicia, el decoro, la modestia y la constancia, son por tanto palabras huecas, vacías, sin ningún contenido ideológico más que la fachada aparente que alimenta el desencanto, la desafección y el hastío ciudadano frente al incumplimiento de la palabra de las autoridades frente al insolente incremento de la violencia, como los lamentables hechos sucedidos en Minatitlán y San Luis Potosí, la misma que aflora y el Presidente oculta.

Esa doble moral nos ubica entre el entre dicho de la desvergüenza pública como sinónimo de cinismo propio de nuestras vidas privadas y aquello que el novelista francés Hourllebecq ubica como la decadencia del hombre, una decadencia que se vuelve normalidad, la antesala de la comodidad para juzgar y culpar a todo aquel que piensa diferente en vez de reconocer cuando hemos fracasado. Una normalidad que envilece a nuestra sociedad, sin inquietarse, sin dramas, ni demasiadas revelaciones, una sociedad que muere día a día ante la complacencia de autoridades incompetentes, por asco de sí misma.

De este modo, la trampa de las expectativas en Puebla poco a poco va haciendo a un lado el velo “ciudadano” de escapar de la realidad y esperar la reivindicación del quehacer público y la reinvención de una clase gobernante retornada del ostracismo, la misma que por años sobrellevo a una oposición sosegada en la medianía y la complacencia, con la única salvedad de que el poblano  ‘per se’ optará por la indiferencia electoral más que por la lucha franca, lucida y decidida de aquello que tanto rechaza en las sobremesas, primero por la falta de ofertas políticas atractivas resultado de esa mayoritaria cultura económico–aspiracional; segundo por la ausencia de auténticos derroteros sociales y, tercero, quizás la más importante, por esa costumbre hipócrita que nos hunde a la apatía por veleidad.

Por Gabriel Torreblanca Flores