Como una figura de pie, encargada de velar por el correcto desarrollo espiritual del hombre, con las armas de la inteligencia y la sensibilidad, se puede representar al poeta y escritor polaco Czeslaw Milosz, ganador del Premio Nobel de Literatura 1980. Fue un Dante Alighieri capaz de internarse en los infiernos para rescatar el alma humana de ese oscuro destino. El autor de obras como El pensamiento cautivo, El valle del Issa y Campo dei Fiori, entre otras, vio pasar el terror de la invasión nazi y después las consecuencias del régimen comunista en su país, frente a lo que antepuso la belleza y la memoria con su mirada de niño.

En la introducción del volumen Nunca de ti, ciudad, y otros poemas, una publicación compilatoria de su trabajo líriico, el también poeta y Premio Nobel de Literatura 1995 Seamus Heaney, afirma que “Milosz será recordado como alguien que mantuvo con vida la idea de responsabilidad individual en una edad de relativismo”.

Milosz nace el 30 de junio de 1911 en Setenial, en la entonces Lituania; unos años después finaliza la Primera Guerra Mundial (1914-1918), hecho que regresaría la independencia a Polonia, territorio repartido hasta ese momento entre Rusia, Prusia y Austria. Entonces se formaría un movimiento poético joven en el país que lo primero que quiere es poner al día a la literatura nacional, así que voltea hacia Europa del Oeste y toma como uno de sus principios la nueva sensibilidad. Milosz se uniría a una segunda ola renovadora de la literatura polaca.

Por su libro Poema sobre el tiempo congelado obtiene el premio de poesía de la Academia de Literatura Polaca, lo que le permitió estudiar en París entre 1934 y 1935, donde conoce al poeta parisino Oscar Milosz, quien es su pariente y habrá de impactar en su crecimiento intelectual, como lo reconocería en su discurso de aceptación del Nobel.

Se desarrolla entonces dentro del movimiento catastrofista, el cual vislumbraba el terror que se aproximaba: la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Ante el sometimiento de la persona por las ideas, los integrantes de esta corriente anteponen los valores individuales. El poeta se vuelve la voz de la advertencia, con una lámpara que ilumina el camino en la mano. Milosz recurre a la memoria y a la sensibilidad para construir su obra y lo hace a partir de la reconstrucción del pasado, de lo perdido.

Con sus ojos, se remite a su infancia, a las tierras boscosas de Lituania donde nace y pasa sus primeros años, un territorio en el que convivían las creencias populares, anteriores a la razón, con los conocimientos escolásticos medievales y el neoclasicismo que revivió los principios platónicos. Siguiendo la descripción de Heaney, desarrollaría entonces en una primera etapa una obra poética más apegada a la razón, a la cual siguió una romántica, en la que confirma el rostro profético de la lírica, es decir, la que conjunta la enseñanza con el gozo. Milosz ha entrado en la madurez de su escritura, en la que también desarrolla el ensayo y la prosa.

Por esos años, al mismo tiempo los tanques de Hitler arrollan los campos polacos y de media Europa. Al finalizar la conflagración a Polonia le seguiría el régimen comunista, la Cortina de Hierro, el Pacto de Varsovia. Frente a la barbarie recurre a la memoria, a su tierra natal, recordando el papel que debe cumplir el poeta según el dictado de William Butler Yeats: presentarse a las primeras filas para evitar que la civilización naufrague, lo que se logrará a través de “la gran tarea del intelecto espiritual». Sin embargo, no deja de tener sus dudas sobre la efectividad de la poesía.

Entonces aparece el que es considerado uno de sus principales títulos, La mente cautiva, que no es otra cosa que un llamado de atención a su generación por haber permitido la gran guerra mundial, primero, y el régimen comunista, después. Pero Milosz se da cuenta que en el fondo hay valores más profundos, la lucha del bien contra el mal en la que el espíritu del hombre está en riesgo. Al mismo tiempo, comprende el valor de sus creencias religiosas al ver que bajo el cristianismo se crearon grandes obras de arte como la catedral de Chartres, La Divina Comedia, El libro de Kells, el Paraíso perdido, el canto gregoriano o la Capilla Sixtina. De ello saca como provecho el efecto positivo de la tradición humanista cristiana que enriquece su sensibilidad. A ello une la memoria, una memoria cultural que “es necesaria para la dignidad y la supervivencia humanas”, subraya Heaney.

El poeta irlandés destaca que ese hombre que había visto los horrores de la Segunda Guerra Mundial, las consecuencias del comunismo en su país y el aparente fracaso de la humanidad demostrado en hechos como la Guerra de Vietnam, entre otros, pervive la mirada del niño nacido en los bosques de Lituania, con la cual “nos ayuda a preservar la fe en aquellos momentos en que estamos súbitamente alertas a la dulzura que es vivir en un cuerpo, pero no nos absuelve de las responsabilidades y castigos que supone ser parte de la vida de nuestro tiempo”. Czeslaw Milosz murió hace 15 años, el 14 de agosto de 2004 en Cracovia, Polonia.