El discurso de la cuarta transformación parte de una premisa fundamental, cambiar el paradigma de que la desigualdad se perpetúa cuando las instituciones principales del Estado se anclan en ejercer influencia, motivados en preservar ventajas para unos cuantos. Es cierto, vivimos bajo un modelo de aprovechar el mínimo esfuerzo, de justificar la explotación, de aprovechar la indiferencia y la desesperanza como ruta de acción política, y eso debe de cambiar.

Puebla vive así un escenario atípico, en menos de 7 meses será gobernado por 4 personas con estilos y ópticas diferentes de hacer y entender la política. Lo acontecido, por asares de un lamentable destino, marcó la caída de un grupo que acostumbrado a los excesos envileció el ejercicio del quehacer público hasta hacerlo ofensivo para los poblanos.

Dos reflejos de la política se contraponen ahora, una fundada en la idea de inaugurar un nuevo régimen y la otra en convertirse en la primera opción “auténticamente ciudadana”.  Nada mal si el discurso fuera sólo convencer a la ciudadanía sobre la necesidad de cambiar la forma de entender el ejercicio de gobierno en un Estado que ha visto de todo, desde la desfachatez de obras faraónicas para exaltar lo egos hasta los abusos inconmensurables de la ley para favorecer a los cercanos.

Pero no, no basta el discurso de la reivindicación moral de la política para transformar un Estado hundido en la desigualdad, un Estado con deseo y ánimo de conseguir estabilidad y tranquilidad en las calles, un Estado cuya ubicación estratégica le permitiría generar mayor competitividad aprovechando nuevos nodos de desarrollo.

Lo único cierto es que son – hasta ahora – dos visiones poco claras y atractivas para el ciudadano, fundadas en atender en principio de orden, la inseguridad y la corrupción, por ser los temas más sentidos en la sociedad.

Pero vayamos al contexto. El historiador y escritor Yuval Noah Narri, tiene razón en afirmar que el político que utiliza el argumento: “todos los políticos son iguales, todos son corruptos, todos son unos mentirosos, suele ser el más corrupto que todos”. Y es que sin duda, el político que basa su línea discursiva bajo la retórica  de posicionarse como “opción ciudadana” Enrique Cárdenas pretende justificar sus vicios: la avaricia y el oportunismo como canon de comportamiento, nada más contradictorio para un candidato con pocas luces.

En tato, la opción que se perfila como ganadora, Miguel Barbosa, ha comenzado a caer en la desproporción con expresiones poco afortunadas, que debe tener la humidad de reconocer para no perder el rumbo si de verdad pretende lograr la reconciliación entre sociedad y gobierno.

Bajo este escenario, el domingo 2 de julio los poblanos saldremos a las urnas para decidir el destino de los próximos años, con más dudas e indiferencia que con renovado ánimo de volver a confiar y creer en proyectos honestos que cambien nuestro acontecer diario y oferten posibilidades de seguridad como precondición de nuestra tranquilidad, competitividad para detonar la industria y atraer inversiones que permitan generar estabilidad en el empleo y empleos mejor remunerados, un proyecto que apueste realmente por la educación de excelencia, como condición para frenar la desigualdad y el abandono.

Un gobierno honesto, eficiente y transparente parece mucho pedir en medio de la arrogancia discursiva de la cuarta transformación, una cuarta transformación que para Puebla y los poblanos está próxima a iniciar.

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