Por Víctor Roura

1

Vivió 88 años. Nació el 7 de abril de 1926, mes y medio después de que viniera a este mundo don Miguel León-Portilla, quien le sobreviviera cuatro años más, hasta octubre de 2019. Julio Scherer García no llegó a ser nonagenario porque su cuerpo no resistió más, diluyéndose el 7 de enero de 2015. Hace un lustro.

Los dos nacieron y murieron en la Ciudad de México.

Voy a hablar ahora del periodista.

2

Sí: fue el protagonista de la primera confrontación periodística con el poder presidencial, creando al fin el ejercicio de la prensa (realmente) independiente en México.

En la historia ha quedado registrada la salida de Excélsior de su director rumbo a la creación de la libertad de expresión: después de julio de 1976 la prensa nacional ha sido efectivamente otra.

Don Julio Scherer García es, en ese sentido, baluarte de la libertad periodística en México, pero habría (para honrar su memoria) que mirarlo como él miraba las cosas, también con ojos críticos.

3

Por más que me digan de su honradez y por mucho que le sobre su honorabili­dad, no puedo creer aún del todo, por más buena voluntad que le ponga al asunto, en Julio Scherer García, que es, me parece, un icono del periodismo ambiguo, a quien la generación periodística de los nacidos en los cuarenta —que es la que finalmente ha impuesto la historia de la prensa con­temporánea— se ha empecinado, a pesar de sus visibles contradicciones, en poner­lo en un sitio cimero.

A menos de que uno dé por sentado que los periodistas deben convivir con el principado, que ésa, y no otra, es su obligación primera, pues eso fue lo que hizo toda su vida Scherer Gar­cía, no puedo entender por dónde es que se le busca a este insigne personaje un, a estas alturas imposible, legado impoluto.

Si bien comprendo, como lo ha di­cho Miguel Ángel Granados Chapa (1941-2011), que el periodista —así, en general, para no contaminar con falsas modestias— no puede mantenerse separado de los políti­cos, pero sí regular su distancia, Scherer García usó en efecto esta noble premisa para su absoluto provecho, con la com­placencia mayoritaria de sus colegas, que insisten, digo, en verlo como el héroe in­sobornable de la prensa mexicana. Por supuesto, esta consideración tiene mucho que ver con aquel mito del 68, cuando a Scherer García le tocó coyunturalmente estar al frente del diario Excélsior, del que se dice, erradamente, que informo de ma­nera nítida acerca de los cruentos acontecimientos del 2 de octubre.

Pero no sólo eso.

Habría que leer bien de nuevo al propio Scherer García para percatarnos de su sometido comporta­miento en aquellos días aciagos del or­dacismo.

“… No me engañaba: habíamos escamoteado a los lectores capítulos en­teros de la historia de esos días —dice el periodista en la página 35 de su libro Los presidentes—. Poco sabíamos de la vida pública de los presos políticos, menos aún de su intimidad, y habíamos evitado las entrevistas con ellos. Habíamos perma­necido en la calle, presos nosotros fren­te a su cárcel. Sabía bien que en nuestras manos había estado la decisión de cum­plir o no con ese trabajo, pero también sa­bía que el Presidente no había propiciado el mejor clima para el desarrollo de una información irrestricta”.

¿El presidente debió haber propiciado el mejor clima pe­riodístico ante su asesinato masivo? ¿No debieron haber sido, perdón, los perio­distas los que propiciaran con su trabajo el mejor clima posible periodístico para cubrir aquella excesiva matanza?

4

Su medrosa actitud, sin embargo, pue­de ser entendida si no hemos de ser es­trictos con los sucesos intolerantes de la historia.

Mas, ¿qué hubiera sucedido periodísticamente en un caso de violación constitucional en el Poder Ejecutivo, digamos un impensable golpe de Estado?

El periodismo de Scherer García, según hace constar él mismo en sus libros, si en un momento dado se replegó a las súbitas ordenanzas de los mandatarios no fue por otra cosa sino para mantener en pie a su empresa informativa.

¡Cómo buscó en vano, para su desgracia, a Díaz Ordaz en los subsiguien­tes días de aquella barbarie en Tlatelolco! (¡A Scherer García le urgía saber cómo estaba el presidente con Excélsior!) Pero, claro, ocho meses después, el 7 de junio de 1969 —durante los convivios jacaran­dosos del Día de la Libertad de Prensa, hoy extinguido por el panismo en los tiempos del foxato—, nada menos que Julio Scherer García, Daniel Morales e Ealy Ortiz esperaban al señor presiden­te, gustosos, en la puerta del Hotel Cami­no Real para conducirlo calurosamente al banquete anual.

Y en 1970, en su último año, Díaz Ordaz recibió (¡de manos de O’Farril hijo, Díaz de la Garza, Martín Luis Guzmán y, cómo no, Julio Scherer García, tal como lo documenta Rafael Rodríguez Castañeda en su libro Prensa vendida) un pergamino enmarcado con la siguiente leyenda: “Los periódicos y revistas de México declaran complacidos y conjuntamente lo hacen constar así, suscribiendo este pergamino, que el señor Lic. Gustavo Díaz Ordaz, presidente de la República, ha mantenido incólume, durante el periodo de su gobierno, la libertad de prensa”, pergamino hoy seguramente arrojado a la basura del olvido.

5

Empero, Scherer García se empeñaba en contarnos otras cosas. Es decir, tenía dos actuaciones: una a ojos vistas y otra a ojos cerrados de los espectadores. Por­que, además, jamás concedía una entre­vista, de manera que uno —interesado en los vericuetos tangibles del periodis­mo— tenía que estar adivinando su comportamiento.

“La relación del presidente Díaz Ordaz con Excélsior tuvo sus altas y sus bajas hasta terminar de la peor ma­nera —apuntó luego en su libro La terca memoria, editado por Grijalbo en 2007—. Visitó Excélsior en los días en que asumí la dirección del periódico. Así se estilaba: recorrido de cortesía para subrayar que la libertad de expresión existía como uno de los logros mayores de un país democrático. Yo quería moverme con desen­voltura y lo conseguí sólo a medias. Aún creía en la respetabilidad de la institución presidencial como realidad concreta y no como entidad abstracta, la respeta­bilidad per se del Palacio. Iría sabiendo que los ex presidentes forman una mafia. Pueden aborrecerse entre sí, pero tenían por sagrado el principio de la asociación delictiva: la complicidad…”, al igual que los periodistas.

Porque aunque esto no lo cuenta Scherer García en su libro, Vicente Leñero (1933-2014) sí lo hace en Scherer, Salgar, Clóvis Rossi, Sábat (Fondo de Cultura Económi­ca en su colección “Nuevo Periodismo”), los cuatro galardonados con el premio que otorga anualmente la Funda­ción Gabriel García Márquez en la modalidad “Homenaje”: un año después del “golpe” que le propinara Luis Echeverría a Scherer García para que abandonara la dirección de Excélsior, ahí estaban, como si nada hubiera ocurrido, con el ex presi­dente, en 1977, en su Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo en una “visita periodística”, en la cual el ex director de Excélsior no le dijo nada en su cara, sino fue el ex presidente el que aireó el tema, logrando “exaltar”, según Leñero, a Scherer.

En una serena lógica, el desencuentro era previsible. ¿Para qué asistir entonces? ¿Es demasiado tentadora la cercanía con el principado que incluso la dignidad puede irse a paseo con tal de saborear de nuevo la presencia del poder personal ante los embates del destino? ¿O acaso no es gozar de su poder periodístico —y esto también lo cuenta Leñero en su elogio al ex director de Excélsior— el ha­blarle a las tres de la madrugada a Carlos Slim para, no sólo despertarlo y hacerlo ponerse en la bocina, pedirle 200,000 pe­sos en efectivo para cubrir el rescate de su hijo Julio Scherer Ibarra, que había sufri­do un secuestro express? “Julio resolvió el problema —cuenta Leñero—. Mil gracias, Carlos. Pagó la cantidad a los pillos y lue­go le pagó a Carlos Slim, que se resistía:

“—No, hombre, Julio, caray…

“—Ni me digas, Carlos, un préstamo es un préstamo. Aquí está”.

Un préstamo efectivamente es un prés­tamo, lo que diferencia a las personas son sus prestamistas.

Sin duda, la brutalidad del momen­to lo hizo llegar hasta donde llegó. Pero Julio Scherer García sabía cuáles eran sus límites, que otro periodista, aun en mo­mentos tan delicados, tan atroces, tan bestiales, se rascará como pueda con sus propias uñas, con su indefensa (y acaso indefendible) autonomía. Scherer García tuvo acceso al hombre más rico del mundo por saber usar sus poderes periodísti­cos, no —y espero me sea dispensado el atrevimiento— por su carisma personal.

Hay una cosa esencial que no comparto con la generación de periodistas que me precede, que tiene que ver con los signifi­cados de la honradez, pues para ellos ésta no está reñida con las canonjías que pue­den obtener por su oficio, ni con los privilegios de los que, suponen, se han hecho acreedores por ser quienes son. E incluyo en este apartado no sólo al referido Sche­rer García, sino asimismo a todos aquellos (y usted, lector, mencione a quien conside­re prudente, que con toda seguridad acer­tará) que se han erigido, por cuenta pro­pia, en los intocados de la prensa nacional debido a su autodivulgada virtud ética que paradójicamente, por artes de una extraña y ambigua probidad, no está peleada con los complejos planteamientos de la cer­canía con el principado (“tienes que estar cerca del poder para recibir información”, dijo Vicente Leñero en una entrevista con­cedida a El Financiero el jueves 18 de enero de 2007), que los ha cubierto, faltaba más, de gloria otorgándoles becas vitalicias y premios puntuales millonarios.

6

Volvamos, pues, con Scherer García, quien un 24 de diciembre (de quién sabe qué año, pues el periodista lo omite para su discre­ta conveniencia) recibió, de Carlos Hank González, “una camioneta último mode­lo”. Éramos muchos, dice Julio Scherer García, “y sólo cabíamos en un vehículo grande, nos había hecho saber [Hank González] en un mensaje sencillo. Eran días de fiesta y en la casa la algarabía rebasaba el entusias­mo”.

Dice que él protestó lo necesario, sin ánimo de discutir. “Está bien”, acabó por aceptar. Para ello, por supuesto, jugaron a la reversión de la amistad, ya que Julio Scherer pidió al periodista Samuel Máynez Puente que le encargara (“sin sonrojo”, aclara per­tinentemente el ex director de Excélsior) a su joyero Sydney Leff “unos aretes de esmeraldas, montadas las piedras con el trato fino del artista”.

—Esmeraldas colombianas —le decía Scherer a Máynez Puente para subrayar, dice, las maravillas que demandaba—, de esas que no tienen bosque, de esas trans­lúcidas, de ésas que no existen.

Regalo que entregaron de inmediato a la esposa de Hank González, Guadalu­pe Rhon, quien “se recogió levemente el cabello, se desprendió de sus aretes y se acomodó los nuevos: dejó que miráramos las esmeraldas y la mirásemos a ella”.

Mientras tanto, la camioneta, dice Sche­rer, “era una tentación. Ana, aún jovenci­ta, se empeñó en manejarla. Sabía cómo, había practicado con Pablo, su hermano mayor”. Pedía dar “una vuelta a la manzana, por favor”. Era el día de su cumpleaños, de modo que Susana Ibarra, la espo­sa de SchererGarcía, cedió y la camioneta fue a estrellarse contra un poste. “El automóvil quedó de tal manera maltrecho que lo tuvimos por inservible. El disgusto tuvo su recompensa: no hubo lesiones”.

Pocos días después reapareció el político Hank González. Nuevamente enviaba “el regalo que la familia necesitaba. No era una camioneta —dice Scherer García en su libro La terca memo­ria—, pero sí un último modelo de cuatro puertas, brillante su azul oscuro”.

7

Entonces dice Scherer que “la irritación” lo raspó “por dentro”. No esperó, dice, un minuto. Le pidió a Pedro, entonces su hijo menor (aún faltaba por llegar al mundo María), que lo acompañara a To­luca para dejar ahí el automóvil. Al otro día Hank González, “el amigo atento, el verdadero amigo, el hombre más allá de las circunstancias”, se presentó en la casa del periodista para decirle a Susana que no entendía la actitud de su esposo. “Él, Hank, tenía dinero de sobra y lo valoraba sólo como un instrumento para resolver problemas y hacerse de un bienestar legí­timo. En su contabilidad, un automóvil no alteraba la aguja de la balanza”, mas Susa­na fue terminante: ni un coche, ni diez, valían un disgusto con Scherer García.

¿Y la camioneta, entonces? ¿O ya no contaba porque, finalmente, estrellada era como si no la hubiera recibido? ¿Y la cantina y el biombo chinos enviados des­pués por Hank González, mismos que fueron ponderados por Susana Ibarra durante la visita al rancho del profesor en Santiago Tianguistenco, “arte insólito que combinaba los méritos de la filigrana y la escultura”?

El mensaje, dice Scherer, “nos pareció claro: se trataba de un regalo per­sonalísimo que sólo a costa de un gesto ofensivo podríamos rechazar”, argumen­to que han hecho válido todos los perio­distas “progresistas” del país para recibir, orgullosos, los obsequios del gobierno.

El colmo, o algo parecido al colmo, se suscitó muchos años después, ya en el siglo XXI (¡en noviembre de 2006, ya muerto Hank González [1927-2001]!), durante una conversación de Julio Scherer García con Manuel Bartlett, en la cual el periodista dijo al político poblano ahora morenista que el profesor Hank “representaba para mí un símbolo de la corrupción”, asun­to que, de plano, me deja absolutamente norteado sobre estas convenciones de la honradez periodística. Sí Hank González representaba para Julio Scherer García el símbolo de la corrupción mexicana, y el propio Scherer García fue beneficiado, de algún modo, de esta corruptela, eso signi­fica entonces que…

8

El libro La terca memoria, como todos los de Julio Scherer, me deja [también] atónito no precisamente por lo que los demás se empeñan en subrayar como una muestra de honradez periodística, sino, justamente, por su acaso involunta­ria inclinación contraria, ya que exhibe, dado su alto grado de poder periodístico, su irreprimible gana por estar cerca del principado, por no dejar de frecuentar a los empresarios de prestigio, por exi­gir entrevistas con los inalcanzables de fama mediática o política no permitien­do él, a su vez, el mínimo acercamiento de ningún reportero para no admitir un solo posible cuestionamiento acerca de su comportamiento periodístico. ¿O es que nadie podía de veras interrogarlo so­bre su obsesivo deseo de figurar pasando incluso por encima de cualquier persona, pues es sabido que la gente que no com­partió con él su retirada de Excélsior fue borrada de su mapa personal, como el caso de Gastón García Cantú (1930-2015), a quien juzgó, “simplemente”, de traidor? ¿No le pidió Scherer a Miguel Alemán Valdés, en casa de Rómulo O’Farril, que a él y a su esposa los hiciera “importantes”, cumpliendo al momento el ex presidente el pedido del periodista, apartándolos “del bullicio” para conversar en privado “en un peque­ño espacio con aire de misterio”?

Su sali­da de Excélsior (8 de julio de 1976) lo hizo crear Proceso (en noviembre de ese mis­mo año), de excelente manufactura pe­riodística, aquí sí haciendo nacer en serio la búsqueda de una prensa independiente que es el hito del periodista de corazón, aunque ello no derrotara al hombre acos­tumbrado ya a andar del brazo de algunos prominentes políticos (y también capos de la droga, con los que sale retratado en Proceso para exhibir al mundo su irrefu­table poder periodístico, como el caso del Mayo Zambada, de quien recibió, según me ha referido una fuente confiable mas indecible, una inconmensurable cantidad de dinero, asunto incorroborable, ya que, como digo, Scherer García se negaba a hablar de estas cuestiones con sus pares) que lo continuaron consintiendo, como el ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Juan Ramón de la Fuente, ¡que cedió a Proceso “un terreno bien cuidado con todo y almohadillas en primera, segunda y tercera bases” para el exquisito divertimento sabatino beisbo­lero de los periodistas!

Los libros de Scherer García, por últi­mo, me incomodan literalmente (y por haberlo dicho en el momento en que sa­lían a la luz fui descatalogado de las pági­nas de Proceso) porque su autor hace que todos los demás hablen como él habla, telegráficamente, y eso evidentemente crea atmósferas inverídicas en sus crónicas. Y ya que uno no podía acercarse a él para comentar sobre estos actos escriturales, ¿no pudo Vicente Leñero, muy cercano suyo, hacerle ver estos defectos sobre­salientes a lo largo de su obra toda, que suma una veintena de libros memoriosos?

9

Una periodista se me acerca para decirme que no puedo decir lo que estoy diciendo.

—Roura, perro no come carne de perro—me advierte.

—Como los políticos —le contesto—, que no se comen a sí mismos para evitar ser denunciados por su misma clase. No estoy de acuerdo. No estaré nunca de acuerdo.

Y se va, oronda, a su casa, no a trabajar, porque sabe que su sindicato periodístico la protegerá pese a su evidente mediana estatura periodística.

Pero nadie duda de su belleza, ay…

10

Hace un lustro partió Julio Scherer García y la prensa continúa en el mismo papel de la dependencia política, porque no ha tenido otra salida desde su nacimiento. Más ahora con los nacientes portales informativos, que suman miles, y todos en busca del alimento publicitario. La dependencia no cede, y esto lo sabía muy bien Scherer García: si no estás cerca del principado, tu medio puede morir al siguiente día. Por eso la altanería cuando no se recibe dinero del erario y por eso, también, la lisonja cuando se está cerquita del poder…