Los celos del estudiante universitario Min-hyuk (Park Seo-joon) hacen que prefiera proponer a su amigo Kim Ki-woo (Choi Woo-sik) para sustituirlo como tutor de inglés de la joven Park Da-hye (Jung Ji-so), pese a ser un desertor escolar. Todo para que sus colegas de estudios no intenten abordar a la guapa heredera de la adinerada familia a la que planea proponer un noviazgo en cuanto regrese de cursar estudios en el extranjero.

Aunque en un principio rechaza la idea, el inteligente y sagaz Ki-woo ha de recurrir a su bella hermana Kim Ki-joo para falsificar sus papeles académicos —con la convicción de no estar mintiendo, pues asegura que en algún futuro se encontrará matriculado— y logra entrar al servicio de la pudiente familia, habitante de una casona que fuera residencia y obra del afamado arquitecto Namgoong Hyeonja —en realidad construida específicamente para la producción— y no hace sino prever sus estudios formales por venir.

Justo esta mentalidad así como el éxito de su embuste, influirá al resto de su familia, acostumbrada a sobrevivir en el sótano de un edificio —por lo barato de la renta, que aun así deben—, robando la señal de Internet de un vecino o dándose atracones en los comedores para choferes, a los que el padre, el desempleado Kim Ki-taek (Song Kang-ho, el actor fetiche de Bong) tiene acceso, pues fue chofer en el pasado, y armando cajas con displicencia para una pequeña pizzería del barrio con lo que se hacen de un magro capital.

Así que, gradualmente, cada uno de ellos se hará con un plan para emplearse con los Park en un delirante y creciente encadenamiento de engaños que incluirá la especialidad en terapia de arte de Ki-joo —con un simple vistazo a la Wikipedia— o una falsa agencia de trabajadoras domésticas que certifica a la madre, Kim Chung-sook (Jang Hye-jin) —también obra de Ki-woo—, para sustituir a la trabajadora original, heredada por el arquitecto a la familia Park, Moon-gwang (Lee Jeong-eun), a la que le inventan una tuberculosis. Y, claro, creando un embrollo para hacer creer que el chofer Yoon (Park Keun-rok) mantiene relaciones sexuales en el automóvil del patrón todo para que Ki-taek pueda sustituirlo.

Tal es el caldo de cultivo en que el cineasta coreano Bong Joon-ho (Daegu, 1969) ha realizado su séptimo filme, la premiada sátira de humor negro Parásitos (Gi-saeng-chung, Corea del Sur, 2019), ganadora de la Palma de Oro a la Mejor Película, en mayo pasado, durante el septuagésimo segundo Festival de Cine de Cannes, donde tuvo su estreno mundial y cuyo jurado fue presidido por el mexicano Alejandro González Iñárritu. También, hace dos días, recibió el Globo de Oro a Mejor Película en lengua no inglesa por parte de la Asociación de Corresponsales Extranjeros en Hollywood (HFPA).

Experiencia personal

El filme se estrenó en la cartelera mexicana el fin de semana anterior con 196 copias gracias a las gestiones de la empresa Cinépolis Distribución, y alcanzó los 116 mil espectadores en el circuito de Salas de Arte de la compañía exhibidora homónima, logrando 9.3 millones de pesos de ingresos —de acuerdo con cifras de ComScore— y es, ni duda cabe, la más sólida exponente para ganar el Oscar a la Mejor Película Internacional —categoría previamente llamada Película en Lengua no Inglesa— el 9 de febrero de 2020, en la nonagésima segunda ceremonia de entrega de premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos (ampas, por sus siglas en inglés). Por el momento, este título forma parte de las 10 aspirantes al galardón en la lista corta dada a conocer por el organismo el pasado 17 de diciembre.

—Normalmente las películas tratan sobre las personas, nos permiten observarlas y analizarlas, y siempre me inspiro a través del cine de los grandes directores, también en algunas caricaturas y animaciones, pero sobre todo, lo más importante, es que yo observo a mis amigos, a mis vecinos, a las personas más cercanas y ellas son la fuente de las que extraigo muchos temas, así que mi mayor influencia y la más importante es la experiencia personal. Todas mis películas, incluida Parásitos, están basadas en experiencias personales —explica el realizador vía telefónica.

Fenómeno de audiencias

De esta manera, basado en sus experiencias personales y esgrimiendo una profunda crítica al sistema capitalista, de paso que pone en juicio a la división de clases sociales pues por encima de ellas se mantiene la condición humana, armó esta comedia negra cuyo crudo desenlace ha dividido a las audiencias en todo el mundo, si bien se ha convertido en un fenómeno de taquilla en su país natal. Desde su lanzamiento, el 30 de mayo, ha congregado a 10 millones 85 mil 277 asistentes en sus mil 948 pantallas, lo que le ha supuesto una recaudación de 74 millones 229 mil 887 dólares, de acuerdo al Consejo Fílmico Coreano (Kofic).

Es de resaltar que, con este resultado, se convirtió en la quinta película más vista en el país asiático durante 2019 luego de la comedia local Extreme Job (Geuk-han-jik-eop, Corea del Sur, 2019), y de los hollywoodenses Avengers: Endgame, Frozen 2 y Aladdin, también según cifras del Kofic.

A diferencia de la industria mexicana, en que las diez películas más taquilleras siempre son títulos estadounidenses, en Corea tres de ellas son productos nacionales —y nueve entre la primera veintena, si extendemos la lista. Y en el plano internacional, tras su estreno en 24 países, lleva recaudados 126 millones 785 mil 969 dólares, de acuerdo con las cifras del portal BoxOfficeMojo.

—Para mí también es un fenómeno misterioso la razón por la que tuve tanto éxito con el público de mi propio país, porque cuando estuve haciendo la película la compañía de publicidad encargada de la campaña me advirtió que no iba a tener éxito porque es un relato muy incómodo y crudo para el público, ya que aborda la vida en la riqueza y en la pobreza de una manera muy real. E incluso me advirtieron que el público podía enojarse con esta obra y hasta producirle temor de retratar la vida de forma tan cruda, pero al final devino en un gran éxito y yo tampoco sé cómo lo logré. Yo hice este filme con toda la sinceridad y quería mostrar esa diferencia con toda la crudeza con la que ocurre, y supongo que eso es lo que le encantó también al público.

La industrialización masiva

Pero Bong ya había conocido el éxito económico desde su quinto largometraje: El expreso del miedo (Snowpiercer, Corea del Sur-República Checa, 2013), una propuesta de ciencia ficción distópica en la que el fallido combate científico al calentamiento global deviene en una nueva glaciación que acaba con la vida en la Tierra, excepto por los pasajeros del tren rompehielos del título, perfectamente delimitados en vagones, privilegios y clases sociales, controlado por una dirigencia cruel e impasible, que sufre alzamientos de los tripulantes más desprotegidos que intentan avanzar hacia la locomotora principal.

La cinta fue la segunda más vista en aquel año en Corea del Sur con 9 millones 341 mil 747 boletos vendidos, según cifras de Kofic y una recaudación mundial de 86 millones 758 mil 912 dólares de ingresos de acuerdo al portal BoxOfficeMojo.

—Ocurre que al crecer la industria, la ecología se derrumba, como es el caso de lo que se relata en El expreso del miedo, ahí es donde claramente se muestran las consecuencias. Y así es nuestra vida actual, ese es el lado oscuro del capitalismo y es la razón por la que me empecé a interesar en el tema de la industrialización masiva.

El anterior filme de Bong fue la fábula ecologista Okja (Corea del Sur-Estados Unidos, 2017) en torno a la creación de ganados híbridos mediante la genética de laboratorio, encargados a granjeros de todo el mundo, uno de los cuales habrá de ser salvado de la matanza por una campesina coreana Mija (Ahn Seo-hyun), por lo que será perseguida implacablemente por la corporación transnacional presidida por Lucy Miranda (Tilda Swinton).

Curiosamente, Okja representó la última producción distribuida por la plataforma audiovisual en línea Netflix —junto con The Meyerowitz Stories (Estados Unidos, 2017), de Noah Baumbach— en formar parte de la Selección Oficial de Cannes, justo un año antes de que el festival de la Riviera francesa decidiera considerar solamente a los filmes que tuvieran una corrida convencional en las salas de Francia —las leyes del país europeo exigían entonces que transcurrieran 36 meses entre el estreno en cines y en plataformas, cuota que en enero de 2019 se redujo a 17 meses—, lo que implicó una guerra declarativa entre el delegado general del festival, Thierry Fremaux; el presidente del jurado, Pedro Almodóvar; la actriz de la cinta, Tilda Swinton, y el director de contenidos de la plataforma, Ted Sarandos.

—Es justo como el caso de El irlandés o el de Historia de un matrimonio, que estrenaron en la plataforma Netflix pero eso no obsta para que sean un par de muy buenas películas. Entonces, ocurren los casos de que llegan a las salas de cine apenas un mes antes de su estreno en Netflix, porque hay que respetar lo que tiene un valor único de cine y verlo en pantalla, pero igualmente hay cosas muy buenas de Netflix porque todo mundo puede ver contenidos y cuenta con espectadores en lugares donde nunca podría llegar con el cine. Entonces, espero que ambos mundos, las salas de cine y las plataformas, se apoyen y crezcan mutuamente. A mí me gustaría que pasara.

Por Sergio Raúl López