No fue la elección del año 2018, las filas en las mesas de votaciones no fueron copiosas, más bien fueron irrisorias. El ánimo de la jornada electoral fue simple y sencillamente desangelado, nada extraordinario. Supuestas denuncias en la capital y descalificaciones apresuradas por los perdedores marcaron el proceso electoral que eligió gobernador en el Estado de Puebla.

La podredumbre de los que tan sólo hace unos meses se vanagloriaban con un triunfo exiguo y favorecido por un órgano electoral corrompido hasta la medula se transformó en el tufo de la derrota, aquella que siempre estuvo presente, quizás aquella que nunca supieron asimilar.

Pero vayamos a temas más complejos, el nivel de confianza de los poblanos en sus autoridades. Los resultados muestran un claro rechazo a la pobre gestión de la alcaldesa Claudia Rivera Vivanco en la capital, quien a la fecha de la jornada electoral ha sido incapaz de llevar la narrativa de la 4T a acciones reales para frenar el incremento de la delincuencia en la capital, lo que nos habla del desencanto ciudadano de los poblanos en su gobierno más próximo, el municipio.

A lo anterior, agreguemos el alto índice de abstención electoral, lo que se traduce en la desilusión que los poblanos tienen en el sistema democrático. Y es que tanto oímos a diario las desavenencias de los políticos que los poblanos hemos caído en el hartazgo, el aburrimiento y el hastío respecto de todo lo que se relaciona con la política y los políticos.

A detalle

Sin embargo, resulta contradictorio que al salir a las calles y preguntar a las personas cuál es la idea que tienen del buen ciudadano, una amplia mayoría podría afirmar que votar en las elecciones y exigir la rendición de cuentas de los gobiernos son dos características que se atribuyen a esa condición, pero en contrapartida, al preguntarles sobre su participación en la jornada electoral del día domingo, sin pena ni tremor afirmarían que no participaron en la elección, justificando su dicho con el argumento de que era una elección sin sentido, que todos los políticos son igual de corruptos y que lo mismo daba votar por uno que por otro.

Lo anterior evidencia el preocupante grado de apatía, misma que germina en el resquebrajamiento del tejido social, y por consecuencia en la indiferencia que contamina la vida pública por la falta de comprensión de vivir en comunidad.

A lo anterior,sumemos la urgente necesidad de desmantelar el clientelismo como expresión de subordinación electoral, para así poder generar mayores capacidades de discernimiento, que den cabida en definitiva a un proceso serio de participación comunitaria que se caracterice por el respeto, la libre autodeterminación, la no violencia y la confianza mutua entre gobierno y ciudadanía.

Quizás…

Sí, quizás si nuestros políticos no fueran tan ambiciosos las circunstancias serían diferentes; sí, si los partidos políticos no fueran tan sólo la expresión de hambrientos grupos en el poder, la confianza en la política y su reducción más simple, lo público sería otra cosa. Pero aún estamos muy alejados de pasar del discurso a la acción.

Cómo entonces convertir al ciudadano pasivo del pasado proceso electoral en un ente activo, solidario y preocupado por el devenir de su comunidad para influir realmente en las decisiones de gobierno más allá del voto y la incipiente protesta en las redes sociales y en las calles. Este es sin duda el principal desafío que debemos reflexionar los poblanos después de la jornada electoral antes de emitir sesgados juicios de valor.

Por Gabriel Torreblanca Flores