Isabel Chavela Vargas Lizano siempre está de regreso: en realidad nunca se ha ido, sus resuellos se nos quedan en los ojos y percibimos el cosmos del amor desde el retumbo de su rancia voz.

Chavela canta y el instante se fortifica con otra pausa: su plegaria prolonga los tiempos y un potro asustado merodea el crepúsculo. «Hay que llenar el planeta de violines y guitarras». Chavela canta y la vida se repleta de intemperies que arrebujan. «La música no tiene frontera, pero sí un final común: el amor y la rebeldía», proclamaba.

Chavela nos inunda la piel con adeudos de soles: nos deja huérfanos de sombra, precisa los orígenes y nos escribe en la espalda las prevenciones del dolor. “Nadie se muere de amor, ni por falta ni por sobra”, manifestó cierta vez.

Las coplas se atrincheran en los páramos de la angustia: el viaje por el llanto nos cura. Canciones que Chavela traslada a los resquicios de la memoria, anulando las presencias. Con Chavela uno sabe que sólo hay un lugar: el parpadeo del repaso. “Todo lo he hecho a sabiendas y no me arrepiento de nada. Ni de lo bueno, ni de lo malo, ni de los momentos felices, ni de las tristezas…”, declaraba abiertamente, sin tapujos.

Chavela huyó de Costa Rica a México cuando tenía 17 años. Su primer disco tuvo luz en 1961 y desde entonces no paró de trabajar. Aquejada, hace unos meses, grabó su último fonograma con versos de Federico García Lorca: «La luna grande» (Discos Corason, 2012).

Deja más de 80 producciones musicales: agasajos discográficos de una mujer pletórica, que más de una vez desconcertó a las buenas consciencias.

“Yo no estudié para lesbiana. Ni me enseñaron a ser así. Yo nací así. Desde que abrí los ojos al mundo. Yo nunca me he acostado con un señor. Nunca. Fíjense qué pureza, yo no tengo de qué avergonzarme… Mis dioses me hicieron así”, le gustaba provocar.

Chavela perennemente de vuelta: dibujada en las tapias, humedecida por el limo de los zaguanes. Siempre Chavela en volveres recapitulados. “¡Por mi culpa!/ Chavela Vargas y Sus Amigos” (Discos Corasón 2010) fue un álbum de retos que realizó a los 89 años.

«No le temo a nada», gritó Chavela el 17 de abril de 2009 en su cumpleaños 90. “Quise hacer mi propio disco, una antología personal de mis canciones predilectas con mis amigos y aquí está para ustedes, público de México querido”.

Testamento de ocho canciones en cabalgata por las esclusas del alma, apresurándonos las ansias y columpiando la esperanza. Chavela en diálogo vital, revisando -en los bargueños de su vida- pasiones, arrojos, aguaceros, apegos…

Chavela bajo los resplandores de la desobediencia: niña vestida de granate reflejada en la llama de los candiles del deseo. Rodeada de amigos nos entrega trovas perdurables.

“Las ciudades” (José Alfredo Jiménez): Chavela, Eugenia León y guitarras. “Las distancias apartan las ciudades/ las ciudades destruyen las costumbres”. Cascada de matices que Eugenia León resuelve con maestría en los recodos inflexivos de Chavela: ¡Vaya interpretación!

“Un mundo raro” (José Alfredo): el chelo de Jimena Giménez Cacho muerde la melodía con llovizna. “Luz de luna” (Álvaro Carrillo): guitarras, bajo y percusiones merodean las motivaciones para que Chavela musité la aflicción del abandono: “pues desde que te fuiste yo no he tenido luz de luna”.

“La Negra Chagra” y “Las simples cosas” (Isella/Tejada): dársenas sureñas con retumbos rancheros: «Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas».

¿A dónde te vas paloma?  (Chavela/Ávila) desbordada de complicidades con Mario Ávila, quien le puso música a las redondillas libres de Chavela: “Regresa, yo te lo ruego, / No importa que te hayas ido. / Mi corazón es el fuego / Donde se quema el olvido”.

Pink Martini tiñe «Piensa en mí» con atrayentes aires kitsch que Chavela asume con tolerancia. La aguardentosa epifanía de Sabina en un «Nosotros» (Pedro Junco) procaz y lúdico. «Vámonos» (José Alfredo) con Lila Downs en pespunte melódico/armónico: derrame de acentos hambrientos.

Conversación con el albor: por culpa de su voz, los abrazos. Por su culpa el regocijo de este disco que nos alivia con ardores al saber la noticia de su muerte: no hay nada mejor para los infectados de mal de amores que dos cucharadas de Chavela Vargas bien temprano en la mañana.

¿Ha muerto Chavela? No. Este disco la inmortaliza. Sus gestos irreverentes, la consagran siempre. Por su culpa, las canciones. Por su culpa, el llanto que nos brota.

Carlos Olivares Baró

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 La despedia en Garibaldi

Las intérpretes mexicanas Eugenia León, Lila Downs y Tania Libertad rindieron un homenaje musical a la cantante Chavela Vargas en la Plaza Garibaldi, donde cientos de seguidores acudieron a darle el último adiós.

La secretaria de Cultura del Distrito Federal, Nina Serratos, fue la encargada de presentar a las cantantes y amigas de “la Chamana”, a quien recordó como una mujer que supo vivir «en el extremo del placer y el disfrute de los secretos de la noche y su aprecio por las glorias de la vida».

Rememoró las palabras del escritor mexicano Carlos Monsiváis, quien aseveró que Chavela Vargas añadió a la música ranchera una soledad radical.

En punto de las 21:00 horas la ofrenda musical comenzó en voz de la cantante Eugenia León, quien con gran sentimiento interpretó los temas “Flor de azalea”, “Volver, volver” y “La bruja”.

Más tarde, tocó el turno a Tania Libertad con los temas “Estoy en el rincón de una cantina”, “Un mundo raro” y “Las simples cosas”, ésta última acompañada del grupo Los Macorinos.

“Vámonos” y “Cruz de olvido” fueron los temas cantados por Lila Downs, quien expresó: “ya te tocó cruzar el río, Chavela, y te quiero cantar una canción zapoteca”.

Uno de los temas más esperados de la noche fue “La llorona”, el cual fue interpretado por las tres cantantes y coreado por las cientos de personas que a pesar del frío y la lluvia, continuaban en el homenaje póstumo dedicado a la cantante que murió a los 93 años de edad, dejando como máximo legado su música e ideales.

La velada musical cerró con broche de oro con los temas “México, lindo y querido” y “El son de la negra”.

Las intérpretes estuvieron acompañadas del Mariachi Gama Mil y las porras del público que coreaba cada una de las canciones, aplaudía, gritaba porras y expresaba: “Se ve, se siente, Chavela está presente”.

Chavela Vargas, quien de acuerdo con el cineasta Pedro Almodóvar “hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos y de las que se salía reconciliado con los propios errores y dispuesto a seguir cometiéndolos, a intentarlo de nuevo”, murió el domingo 5 de agosto a causa de un paro respiratorio.

El 17 de abril de 2009, durante su cumpleaños número 90, la cantante que deja un ejemplo para la música mexicana de tres generaciones, expresó: “No le temo a nada”.

Nacida en 1919 en San Joaquín de Flores, Costa Rica, Isabel Vargas Lizano dejó su nación de origen y viajó a México cuando tenía 17 años. Su primer disco salió a la luz en 1961 y desde entonces no paró de trabajar.

Dejó más de 80 producciones musicales, considerados agasajos discográficos de una mujer pletórica; hace unos meses grabó su último fonograma con versos de Federico García Lorca: “La luna grande”.

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