Dicen que las dudas matan, pero hoy las dudas no matan tanto como la irresponsabilidad y el valemadrismo.

Esto nos lleva a presumir que la pandemia en México no es un problema de salud, sino un problema de cultura. Sí, así como lo oye, lo que acontece es un asunto cultural.

De poco o nada han servido las campañas de concientización e intentos de sensibilización, los reclamos sociales o la recolección de firmas ciudadanas exigiendo al presidente usar cubreboca; no obstante, la principal recomendación de los expertos se enfoca a la sana distancia y el lavado constante de manos como medidas para mitigar la propagación.

La pandemia es real tanto como la ignorancia, ignorancia que no es resultado de un sistema educativo deficiente y burocratizado, sino consecuencia de un problema más de fondo, arraigado en la cultura callejera, el valemadrismo como doctrina y deporte nacional, reflejo de la irresponsabilidad individual justificada en el “echar la culpa al otro” sin aceptar la culpa propia con el clásico vernáculo: “me vale madres”.

Estos eufemismos nos llevan a un estado de zozobra permanente, donde “la chingada” se hace presente en los ámbitos de la vida cotidiana al salir a las calles y observar aglomeraciones, hombres adultos fumar heroicamente, parejas de enamorados sin cubrebocas, y un sin fin de fenómenos «covidianos» irresponsables que no solo ponen en riesgo nuestra salud y la de nuestros cercanos, sino la salud económica de nuestras ciudades al no comprender que la indiferencia es también causante de la pérdida de empleos, tristemente el suyo mismo como cobro de la factura por su actuar.

La terquedad y necedad se vuelven moneda de cambio para la enfermedad en una sociedad, en donde lo prohibido, es sinónimo de permitido en un absurdo afán por desafiar las reglas, por vivir al límite y al amparo de justificaciones absurdas, en un interminable círculo de vaguedades que solo ahondan la crisis que padecemos para finalmente ser testigos mudos de una muerte que para esta ocasión “no nos la pela” sino que por el contrario, se vuelve símbolo inequívoco de las estadísticas fatales por falta de empatía y responsabilidad.

Por Gabriel Torreblanca Flores

La nueva normalidad