El reinicio del ciclo escolar pasó de lo anecdótico a lo incierto.

El regreso a clases no fue el mismo, las ausencias se notan, la preocupación de padres y docentes es latente, el sistema cambió pero no evolucionó.

Con gran regocijo, los gobiernos celebraron el regreso a clases, sólo triunfalismo vanal.

El regreso a clases presenciales tiene importantes repercusiones en el bolsillo del hogar si consideramos que durante la pandemia muchos padres de familia perdieron su empleo o simple y sencillamente sus negocios quebraron. A ello agregue que durante un año los infantes ante la brecha tecnológica y el confinamiento no solo perdieron el ciclo escolar sino el ánimo por el estudio, acrecentándose graves problemas de ansiedad y depresión.

De acuerdo al último Índice de Experiencia Negativa de Gallup, las experiencias de preocupación, estrés y tristeza establecieron cifras récord, 2020 se convirtió así oficialmente en el año más estresante de la historia reciente, y sus consecuencias apenas comenzamos a verlas.

Así las cosas. El regreso a clases será costoso, no solo por el impacto económico que representa la compra de útiles, pago de cuotas o colegiaturas, adquisición de computadoras, tabletas o celulares y la compra de kits de higiene para cada niña y niño. Sino también porque la pandemia trajo consigo costos de inversión y tiempo que los docentes deberán asumir para adaptarse a un sistema híbrido o semipresencial, el cual correrá por su propio riesgo y bolsillo. Sin olvidar las consecuencias secundarias no cuantificables, y cuya repercusión inmediata impacta ya en el ánimo y salud mental de alumnos, docentes y padres de familia.

Es curioso, para 2017 planteáramos la idea de que cada escuela contará con un psicólogo infantil con la idea de atender un preocupante índice de rezago causado por violencia, lo que hoy se vuelve una necesidad creciente de atención, bajo la lógica de que la función específica de la escuela es la educación en dos vertientes, la adquisición de conocimientos y el desarrollo de la personalidad, la cual se forma gracias al valor emocional estructurante y madurativo de la experiencia de aprender y de las relaciones interpersonales que se dan en el marco familiar y escolar, de ahí la trascendencia de fortalecer las acciones de cuidado y protección con la concurrencia incluso de psicólogos para orientar no solo a niños y adolescentes en esta etapa madurativa de vivir en la Nueva Normalidad, sino de reiniciar junto con padres de familia, directivos y docentes nuevos procesos cognitivos y evolutivos del aprendizaje en pandemia.