A la memoria de Dn. Omar López Moreno

La muerte duele, más cuando esta es de un cercano y es arrebatada vilmente por criminales sin escrúpulos.

La condena pública no basta para aminorar el duelo de una familia que intempestivamente pierde a uno de los suyos como consecuencia de la violencia que no cesa.

Aquellos que lo hemos vivido de cerca sabemos de ese sufrimiento al que a nadie se le desea y nos solidarizamos a la exigencia de pronta justicia.

Un crimen más que se suma a los muchos que son resultado de la espiral de violencia que se recrudece, que como bien lo ha señalado el poeta Javier Sicilia se mide con centenares de miles “¿o a qué nivel de espanto y de horror tenemos que descender para que este país, este pueblo vuelva a reaccionar?”

De ahí la ya famosa frase: ¡Estamos hasta la madre!

Puebla mantiene tristemente una constante de homicidios dolosos, reportando 375 al corte de junio de lo que va del año, de acuerdo al reporte de incidencias delictivas del fuero común de la Fiscalía General del Estado. Lo que mantiene a la entidad como uno de los 6 estados con mayor número de víctimas de homicidios relacionados con actividades violentas como secuestro, asaltos y narcotráfico. Lo que evidencia el fracaso de la entidad y la federación en su estrategia de seguridad.

Y en donde la pobre educación, el crecimiento del desempleo y la falta de valores cimentada desde nuestra sociedad, hacen de la violencia una constante sinsentido de México ante el mundo con 72 mil expedientes acumulados en 30 meses, lo que se traduce en un promedio mensual de 2 mil víctimas (96 por día), de acuerdo al Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, instancia que pareciera servir únicamente como unidad administrativa que recaba las estadísticas de la violencia del país en vez de diseñar estrategias más consistentes para recuperar la paz y la tranquilidad.

Que esperanza entonces nos queda cuando estamos a merced del sufrimiento, de la impotencia por la injusticia, de la normalización de crímenes sin responsables ni castigo.

Hasta que punto debemos llegar para que esa constante vaya a la baja. Y peor aún,

¿Qué debemos hacer para que la justicia no solo sea un anhelo transitorio?

¿Cuánto debemos esperar para que un criminal ante el horror de sus atrocidades tenga una sanción ejemplar?

Mucho aún nos falta para cambiar este horrendo presente y encontrar la paz como garantía de seguridad, pero falta más el entendimiento y la determinación de las autoridades para hacer que las cosas cambien.

Aquella desafortunada frase: “abrazos y no balazos”, quedará solo en el anecdotario al no servir como parámetro orientador de un acción pública franca y decidida para reducir drásticamente la violencia que nos azota, para recuperar la confianza de salir nuevamente a las calles y transitar sin el temor de no volver a regresar a casa.