La pandemia nos obliga a ser creativos, a reimaginar nuestro entorno como no lo habíamos concebido.

Sin embargo, esa lógica irreverente del imaginario político de pensar en el siguiente escalón ha sido una práctica tóxica que impide e inhibe concebir la ciudad de otra manera.

Cada trienio se reinventa la ciudad con instrumentos cosméticos sin tintes de continuidad, cambio de enfoques y sesgadas apreciaciones político – electorales sin entrar en la sustancia de imaginar una verdadera ciudad a escala humana, sostenible, competitiva y que además brinde bienestar colectivo; una ciudad en la que converja su patrimonio y la conservación del mismo como baluarte de un pasado y presente compartido, en medio de una pluralidad demográfica cambiante y un ecosistema al que hemos dilapidado y olvidado, como los ríos que la circunscriben. En suma, una ciudad en donde el fin último sea que los poblanos alcancen la felicidad y la prosperidad.

Ejemplo de modelos de ciudades tenemos en muchas latitudes, pero copear ideas de otros no hará posible esa visión maniquea de diez a la que aspiramos llegar, podremos abrevar de sus conceptos y tendencias, pero es a partir de la participación y la congestión de ciudad que lograremos concebir esa visión compartida de prosperidad y bienestar, aprovechando la sabiduría y el talento local para mejorar el ámbito público, esta debe ser la apuesta y la directriz de un ciudad de calidad a la que el actual gobierno debe aspirar.

Una ciudad en la que la naturalización urbana y el paisajismo sea capaz de transformar y cambiar no sólo nuestro entorno, sino también nuestros hábitos y nuestro hacer diario en la ciudad, privilegiando la seguridad y la inclusión, en donde se conciban calles limpias, parques y espacios para niños, niñas y adolescentes, pero también para adultos mayores, nuestro grueso poblacional en los años por venir.

Ese es el rumbo ante el escenario covid que ha cobrado la vida de cientos de poblanos, y que ha dejado en el desempleo a otro centenar, menguando las expectativas y aspiraciones de muchos en una ciudad que cayó en el abandono y la desolación.

Por ello el ejercicio de planear una ciudad debe invitarnos a ser partícipes de un cambio, un cambio en el que los ciudadanos nos comprometamos a actuar fuera de la pasividad que nos caracteriza, para incluir más voces en la toma de decisiones que nos afectan a diario para co – crear juntos una ciudad dinámica que evoluciona, en donde la movilidad, la accesibilidad y la funcionalidad de las calles fomente una forma de ver, sentir y vivir la ciudad de manera más armónica y productiva.

Una ciudad en la que el factor verde y el arbolado de calles sea la regla y no la excepción, para concebir nuevos espacios vivos para los poblanos.

Una ciudad que promueva la funcionalidad social y colaborativa en cortas distancias, que permita revitalizar el comercio y reiniciar nuestros barrios y vecindarios anclados en el olvido.

Una ciudad que priorice el espacio caminable y promueva la micromovilidad de forma segura y funcional, reconceptualizando el uso del espacio público de forma armónica para asegurar la salud de todos, pero también la funcionalidad del comercio.

Una ciudad que se diseñe sin privilegios, asegurando servicios públicos de calidad y que garantice el acceso equitativo y asequible de todos a la vivienda y el bien vivir.

Una ciudad que en suma sea capaz de regenerar nuestro fracturado tejido social.