Era 2012, en Puebla un nuevo régimen se asentó.

El morenovallismo, en aquel año, tomó fuerza, sus tentáculos comenzaron a extenderse por el país.

El sexenio de Felipe Calderón agonizaba y allanaba el camino para el arribo del PRI de Enrique Peña Nieto.

Los candidatos apretaban el paso.

La contienda electoral estaba a la vuelta de la esquina.

Sin embargo, una parte del electorado no estaba conforme con la política laboral del gobierno federal saliente.

En la Sierra Norte, en particular en Xicotepec y Huauchinango, repudiaban las acciones del gobierno de Calderón.

El motivo, la extinción de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Miles de trabajos se perdieron.

Uno de los artífices y brazo ejecutor fue el entonces secretario de Trabajo y Prevención Social, Javier Lozano Alarcón. En recompensa, su amigo, lo hizo candidato al Senado por el estado de Puebla.

No era un candidato ordinario, personal del Estado Mayor Presidencial cuidaban sus pasos, eran los privilegios de ser amigo del ejecutivo federal.

Javier se envalentonó. Un 16 de junio, de aquel año, osó a realizar un acto de campaña en Xicotepec. Quería cacarear que fue el único candidato en recorrer el estado de Puebla.

Dicha acción irritó a los miembros del otrora Sindicato Mexicano de Electricistas, quienes calificaron dicho acto como una provocación y una burla.

El mitin se realizó en el salón Princess; sin embargo, los electricistas ahogaron la voz del candidato, quien sintió frío, pensó en la turba, en un posible linchamiento, eran poco más de 70 ex trabajadores.

Los elementos del Estado Mayor Presidencial eran insuficientes y optó por marcarle a su “amigo”, el gobernador Rafael Moreno Valle.

El mandatario le contestó el teléfono, lo escuchó medroso, tomó nota y ordenó al entonces secretario de Seguridad Pública, Ardelio Vargas Fosado, resolver el incidente.

El funcionario de marras emprendió el viaje.

Tres horas después, arribó al salón de marras. La turba tenía contra las cuerdas a Lozano Alarcón.

Al llegar, Ardelio intentó calmar los ánimos.

Los electricistas acusaron al otrora panista de ir con personal armado a un mitin; incluso, los desarmaron, desconocían que eran miembros del Estado Mayor Presidencial.

El diálogo con los quejosos fue infructuoso. Querían venganza, querían sangre.

Ardelio optó por sacar al candidato.

Con escopeta en mano se abrió pasó y lo hizo subir a su camioneta.

Los escoltas solo observan; en tanto, los elemento de la Secretaría de Seguridad Pública intentaban poner orden.

Los delegados de Gobernación observaban impávidos la escena.

Ardelio nunca soltó la escopeta y manejó por la autopista hasta la ciudad de Puebla.

Tras salir de la carretera Interserrana, Ardelio se relajó, guardó el arma y continuó el trayecto.

El teléfono sonó.

“Todo salió bien, fue un incidente menor”, dijo; al otro lado, Moreno Valle tomaba nota.

Javier recuperó el aliento y el color al transitar por el bulevar Hermanos Serdán. El susto y la temblorina quedaron atrás.

Ardelio lo miraba de reojo, sin comentar nada.

Los zapatos sucios son lo de hoy

Todo quieren emular al inquilino de Palacio Nacional.

Al parecer, la fodonguez permea en la clase política local.

Muestra de ello, los futuros coordinadores de las bancadas del PAN y Morena, Sergio Salomón y Eduardo Alcántara, optan por traer los zapatos sucios.

Que la austeridad republicana los redima.